Cuestión de talla

La señora Chirivía ha salido a comprar un regalo para su amigo el señor Tupinambo, que mañana cumple años. Ha encontrado un jersey muy bonito y elegante, y cree que le irá muy bien. «Va a estar la mar de guapo», se dice. Pero a la hora de comprarlo, se da cuenta de que no sabe qué talla debe pedir.

A la señora Chirivía no se le da bien eso de los números y las tallas, aunque supone que deberá ser un jersey bastante grande, porque le parece que su amigo es un hombre fornido y ancho de espaldas. Y como no quiere quedarse corta y llevarle algo que le quede muy apretado y sea incómodo, en el último momento pide una talla todavía mayor.

—Bueno, no, démelo dos tallas más grande, para estar segura de que le vale —corrige.

La señora Chirivía va al mediodía siguiente a casa del señor Tupinambo, que la ha invitado a comer para que juntos celebren la fecha. En sus brazos lleva una bolsa enorme en la que va el jersey, envuelto con nada menos que un rollo entero de papel de regalo.

—No hacía falta que trajeras nada —le dice él al verla llegar tan cargada.

El señor Tupinambo ha preparado un guiso que huele delicioso, y los dos se sientan a comer y charlar.

—¿Un café? —le propone él cuando acaban.

—Sí, pero primero abre el regalo —dice ella impaciente por ver si le gusta el jersey que ha escogido y saber si le sienta bien.

Así que el señor Tupinambo se sienta de nuevo y con paciencia desenvuelve el jersey. Y después, mete la cabeza en él para ponérselo.

La talla que la señora Chirivía ha elegido es, en efecto, algo más grande de lo que debería. En realidad, mucho más grande. Muchísimo más.

Cuando el señor Tupinambo abre los ojos, ve allá al fondo, muy lejos, un circulito de luz por el que supone que deberá sacar la cabeza. Y con paciencia, se pone en marcha para conseguir alcanzarlo y asomarse a su través.

El interior del jersey es como una enorme cueva, tan grande que hasta tiene eco.

—Hola hola —dice para comprobar cómo resuena su voz allá dentro, y el jersey le devuelve sus palabras con un sonido cavernoso.

El señor Tupinambo avanza a tientas, aunque poco a poco se le acostumbran los ojos a la oscuridad, y solo entonces se da cuenta del enorme espacio que hay allá dentro.

—Verdaderamente, este jersey es de un tamaño colosal —se dice.

Al mirar hacia lo alto, descubre que hay como un firmamento lleno de estrellas, con rayitos de luz que se cuelan por los pequeños agujeros entre las puntadas del tejido. Le parece un espectáculo maravilloso.

Va tan distraído mirando que de pronto se choca con un niño que pasa en bicicleta.

—¡Vaya por la acera, señor! —le grita el muchacho.

Y es entonces cuando el señor Tupinambo descubre que aquello es tan espacioso que allí hay calles y aceras y gentes, algunas casas, dos fuentes, un parque infantil, y hasta una tienda de ropa que vende jerseys más pequeños.

En esa misma calle, se cruza poco después con un coche de policía y otro de bomberos, y la idea de que haya delincuentes e incendios en un jersey que va a ponerse le inquieta. Se pregunta si, además, esa ciudad de su jersey tendrá un alcalde, y si acaso no debería ser él quien gobernara todo aquello. A fin de cuentas, él es ahora el dueño de la prenda.

Al borde de una placita muy recoleta, ve un banco y se sienta a hacer un descanso. Junto a él se posa una bandada de gorriones a la espera de que les eche algo para picotear. Aunque son unos pajarillos encantadores, el señor Tupinambo no quiere que se le llene de miguitas el interior de su jersey, así que no les da nada.

Cuando reanuda su marcha, los pájaros salen volando y se posan sobre unos cables de teléfono, y el señor Tupinambo se pregunta qué prefijo tendrán los números de teléfono allá dentro.

Como el camino se le está haciendo ya largo, decide que es el momento de parar un taxi.

—¿Voy por la manga derecha o por la izquierda? —le pregunta el taxista al llegar a unos túneles que parten cada cual hacia uno de los lados.

—No, no, siga recto, yo voy al cuello —contesta él.

Al señor Tupinambo le gusta mucho aquel taxi, porque huele, como todo allí, a ropa nueva. Así que le deja una buena propina y por fin puede terminar su excursión.

Es tarde cuando el señor Tupinambo asoma la cabeza por el cuello del jersey y se encuentra de frente con la señora Chirivía, que le sonríe y parece muy contenta.

—Estás de lo más elegante —le dice ella—. Hay que reconocer que este jersey te sienta como un guante.

—Tienes razón —responde él—. Yo creo que ya me lo dejo puesto.

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