Trabajo de niño

Gómez y Márquez se encontraron un día por la calle. Llevaban casi treinta años sin verse, desde que iban juntos al colegio. Pero habían sido tan amigos que se reconocieron de inmediato, y allí se pusieron a recordar los viejos tiempos y lo felices que habían sido en esos días de la infancia.

—¿Sabes algo de González?

González era el mejor amigo de ambos en aquel entonces. Cuántas travesuras habían hecho juntos, y cuántas horas de patio habían jugado mano a mano.

—No le he visto desde que dejamos el colegio.

A ambos les pareció buena idea tratar de verse los tres un día. Se dieron los teléfonos, y Márquez dijo que él se ocuparía de buscar a su viejo amigo. Como no se le ocurría otra manera de localizarle, llamó al colegio, y tuvo la suerte de que allí le supieron decir cómo encontrarle.

—¿Gonzalez? Sí, claro que le conocemos. De hecho, sigue aquí en el centro.

—¿Trabaja allí ahora? Qué coincidencia. Pues dígale que sus viejos amigos Gómez y Márquez querrían verle.

Y así, consiguieron ponerse en contacto y quedaron en encontrarse una tarde en un bar del barrio.

El primero que llegó fue Márquez. Al poco llegó Gómez. Se habían tomado ya la mitad de su bebida cuando se sentó al lado de ellos un muchacho. Pero no era uno cualquiera, no. Era el mismísimo González, con idéntico aspecto al que tenía la última vez que lo vieron. Medía menos de metro y medio, aparentaba poco más de diez años, y llevaba a la espalda una cartera escolar.

Les saludó lleno de alegría. Su voz también era como entonces, e incluso el vocabulario sonaba infantil, aunque no era el que ellos recordaban utilizar en otro tiempo. No hablaba como un niño de ayer, sino como uno de hoy día.

—Estáis muy cambiados —les dijo— Aunque claro, han pasado tantos años. ¡Qué alegría volver a veros!

Gómez y Márquez se miraron entre sí disimuladamente. A ellos también les hubiera gustado decir que su amigo estaba muy cambiado, pero no era cierto, y no sabían bien qué decir en su lugar.

Fue una conversación algo extraña. Lo veían tan pequeño, con su aspecto de niño, que temían que cualquier cosa que dijeran pudiera sentarle mal o ser inapropiada para él.

—¿Y a qué os dedicáis? —les preguntó.

—Yo soy vendedor —dijo Márquez—. Vendedor de relojes y joyas.

Y se remangó para que pudieran ver la clase de relojes que vendía.

—Yo soy médico. Trabajo en el hospital de la ciudad —dijo Gómez por su parte.

Los dos se quedaron mirando a González. ¿Acaso trabajaba él en algo? ¿Era en eso un adulto o aún era demasiado pequeño para tener un empleo?

—Yo trabajo de niño —dijo antes de que tuvieran tiempo de preguntarle.

—¿De qué? —respondieron los dos a la vez.

—De niño. Hago de niño en el colegio. Estudio mates, lengua, ciencias, salgo al patio, ya sabéis. Lo mismo que hacíamos entonces, pero ahora como profesión. El sueldo no es malo, la verdad.

—No entiendo. ¿Para qué sirve eso? —pregunto Gómez.

—Pues para muchas cosas. Hay colegios con pocos niños, así que hay que contratar gente para llenar las clases. Somos como los extras de una película.

—Interesante —dijo Márquez.

—En algunos colegios —continuó González—, los niños son todos unos gamberros, y se necesita entonces meter algún empollón para compensar. En otros es al revés, los niños son muy buenos y nadie hace travesuras, y entonces los que trabajamos de niño tenemos que portarnos algo peor, para que la clase quede equilibrada y los profesores no se aburran.

Los otros dos no salían de su asombro.

—¿Os acordáis de Ordóñez, uno rubio con aparato? Pues ese no era en realidad un niño, sino que trabajaba de niño como yo ahora. Es más, en aquella época estaba ya a punto de jubilarse.

Así siguieron hablando, y, mientras se contaban sus vidas, Márquez y Gómez iban pensando para sí en lo raro que era todo aquello.

Se fueron a casa antes de que se hiciera de noche. Lo cierto es que se habrían quedado más, pero temían que González tuviera que estar antes de las diez en la cama, así que prefirieron no arriesgarse a incomodarle.

González se empeñó en pagar él las bebidas, y los otros aceptaron, aunque se les hizo extraño que les invitara un mocoso de diez años. Y más aún verle sacar de su cartera escolar una billetera bien surtida. También el camarero lo miró con desconfianza cuando cogió el billete que este le entregaba.

De camino a casa, cada cual por su lado, iban pensando en todas las preguntas que tenían acerca de su viejo compañero de clase, y que no habían sido capaces de hacerle. ¿Tenía hijos? ¿Estaba casado? ¿Seguiría enamorado de aquella niña de pequitas? ¿Habría crecido ella? ¿Qué había hecho él para no crecer y seguir pareciendo un crío? ¿Vivía solo o aún con sus padres? ¿Cenaría todavía una tortilla de quesitos y un vaso de leche con galletas?

Márquez y Gómez volvieron a verse, pero esta vez ya no invitaron a su viejo amigo. Tenían mucho que preguntarle, pero sabían que no debían hacerlo. Habría sido raro. Y más allá de ese asunto, lo cierto es que no tenían tema de conversación, porque él seguía haciendo la misma vida que en esos tiempos escolares y no tenía novedades que contarles.

Además, quedaban a mediodía, a la hora del café, cuando hacían un alto en su jornada de trabajo. A esa hora, González tenía clase de sociales.

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