Comepipas
El monstruo es feo, tiene los dientes afilados y sucios, pelo en la cara y en las manos, y unas uñas enormes. Vaya, lo que uno espera de un monstruo que se pasa la vida dando miedo a los niños.
El monstruo acaba de asustar a un pequeño que estaba sentado a solas en un parque comiendo pipas. Una víctima fácil. Nada más verle, el chico ha salido corriendo y ha tirado por los aires su bolsa de pipas. Ni siquiera ha hecho falta gruñir o agitar los brazos. Pan comido.
Aún sin parar de reírse al recordar la cara de susto del niño, el monstruo se acerca y coge la bolsa de pipas. Quedan algunas dentro. Piensa que es una costumbre curiosa esta de comer pipas. Le parece algo ridículo, pero él entiende poco a las personas. A fin de cuentas, él es un monstruo.
Por curiosidad, prueba a comer una. Lo ha visto hacer muchas veces, no puede ser difícil. Pero con sus manos peludas y sus uñas, apenas acierta a agarrar una sola pipa. Pierde la paciencia y come todo un puñado. Puagh, qué mal sabe aquello. Pero hay un regusto bueno, debe ser la semilla del interior. «Tengo que abrir una», se dice. Y lo intenta una y otra vez, y al final, torpemente, consigue sostener una entre sus dedos. Pero al llevársela a la boca, descubre que con sus dientes es complicado partirla, y la pipa se cuela entre ellos y no logra abrirla.
Lo sigue intentado. Con paciencia. Y al final, después de muchos intentos, lo consigue y se come su primera pipa. ¡Y qué placer el que siente! ¡Qué delicia! Los monstruos no tiene buen paladar para la comida, les basta cualquier cosa sucia, que para eso son monstruos feos, pero aquello es algo distinto. Qué maravilla.
El monstruo coge la bolsa de pipas y vuelve a su guarida. Al llegar, no puede esperar para comer otra pipa, pero lograrlo le lleva de nuevo un sinnúmero de intentos. Y a pesar de que le sabe tan bien como la anterior, aquello le parece demasiado esfuerzo. Ojalá pudiera comer pipas como un niño, con esa facilidad.
Ahora cada vez que el monstruo asusta a un niño comiendo pipas, ya no se ríe tanto. Salen corriendo despavoridos y tiran sus pipas, y el monstruo en realidad les tiene envidia. Y muchas veces, todas acaban desparramadas por el suelo, y es aún más difícil para él recogerlas con sus manazas.
El monstruo está cansado de ser monstruo y lo único que quiere es poder comer pipas. Muchas pipas, cientos de pipas, no solo las dos o tres que es capaz de pelar y comer en una tarde a su ritmo fatigoso y torpe.
Un día decide cortarse las uñas. Eso ayudará a que pueda manejarlas mejor entre sus dedos rechonchos. El pelo de las manos tampoco ayuda, así que será mejor quitárselo.
Sigue sin ser suficiente. Morder las pipas correctamente es todavía un problema, así que el monstruo va a visitar al dentista de monstruos y le pide que le arregle los dientes.
—Pero así no va a dar usted tanto miedo —le dice el dentista, que está acostumbrado a dejar los dientes de sus pacientes sucios y estropeados.
—Da igual, yo lo quiero así. Y límeme los colmillos para que no sobresalgan tanto.
El monstruo no parece ya un monstruo, sino solo un señor gordo y algo feo. Ya no asusta a los niños, e incluso a veces nota que se ríen de él. Eso le molesta, pero luego se le pasa, porque si les pide un puñadito de pipas ellos se lo dan, y él se sienta en un banco del parque y pasa allí las tardes comiéndolas, ahora ya con algo más de soltura.
Nadie sabe cómo se llama. Los niños se han acostumbrado a verle pero no saben su nombre, y él, por supuesto, no se lo dice, porque el suyo es un nombre de monstruo, horrendo y terrorífico. Le llaman el «señor Comepipas», y eso a él le parece bien.
A veces, cuando algún muchacho se le acerca, tiene tentación de asustarle, de volver a ser un monstruo. Siente un cosquilleo en la tripa y quiere hacer algo aterrador, volver a tener pelo y dientes negros, ser la pesadilla de los niños. Pero pronto se olvida de ello y piensa que es mejor así, siendo simpático con ellos para que le den de su bolsa de pipas. Qué buenas están esas pipas, no hay duda de que todo vale la pena para poder comerlas. Y así el monstruo que lleva dentro va muriendo poco a poco.
—Oiga, señor, no tire las cáscaras al suelo —le dice un niño con tono repelente.
El monstruo se indigna. Quién se habrá creído que es ese mocoso, no sabe con quién está hablando. Quiere meterle mucho miedo a ese niño, agarrarlo y darle un escarmiento. Pero vuelve a pensar en el sabor de esas pipas, y obedece a regañadientes.
—¿Quiere más? —le dice el niño sonriendo mientras le acerca su bolsa de pipas.