Revuelta en el diccionario
Las primeras protestas se iniciaron en las páginas correspondientes a la letra J, habitadas tradicionalmente por palabras con poco uso.
—No podemos seguir así, yo hace ya tiempo que no salgo en ningún texto —dijo Jaez con tipografía de estar indignada.
—Qué me vas a contar a mí… —le respondió Jofaina apesadumbrada—. No podemos quedarnos de brazos cruzados, hay que hacer algo.
Y así, con la ayuda de otras palabras, se organizaron para pedir que no se olvidaran de ellas.
—Con todas estas palabras modernas, la gente ya nos nos usa. ¡Reclamemos nuestros derechos! —dijo Yantar
—Yo antes estaba en boca de todos —se quejaba Pupitre—, pero ahora apenas se me escribe, y ya nadie me pronuncia. Pobre de mí, yo que no tengo más acepciones que esta, ¿qué voy a hacer ahora si no valgo para nombrar ninguna otra cosa?
—No sabes lo bien que te entiendo —le respondió Plumier meneando una de sus letras.
Surgieron protestas parecidas en casi todas las letras, y a estas se les sumaron otras nuevas reivindicaciones.
—Vienen de fuera y nos quitan el trabajo. Es intolerable —protestaba Balompié.
Pero no todo eran apoyos a la causa. Algunas palabras populares y sencillas veían aquella protesta como algo rancio y propio de las clases privilegiadas de otro tiempo, y comenzaron a quejarse de la importancia que se le daba a las palabras más rimbombantes.
—¡Arriba, compañeras! —arengaba Dar desde lo alto de su página—. Nadie como nosotras para transmitir un mensaje claro. Que las palabras largas y rebuscadas no se queden con nuestro trabajo.
—¡Fuera las palabras compuestas! ¡Abajo las palabras burguesas!
La tensión fue creciendo, y una tarde incluso tuvieron que escoltar a Interpelar y Alocución cuando iban de camino a su trabajo en el articulo de un columnista muy pedante.
—Por no hablar del daño que ha hecho lo políticamente correcto —se lamentaba Tullido—. Yo que nunca había tenido mala intención y de un día para otro ya casi no encuentro quien me dé trabajo.
Cuando la situación era ya insostenible, los académicos, muy serios y solemnes, decidieron finalmente intervenir y poner orden. Algunas palabras fueron eliminadas del diccionario, y a otras se les cambiaron sus acepciones, ahora que ya parecían no servir para nombrar ciertas cosas. Justificaron aquello diciendo que el diccionario recoge el uso que la gente hace de las palabras, pero a aquellas que fueron castigadas les pareció que era una decisión injusta.
—La autoridad siempre al servicio de los poderosos —se quejó Pardiez.