El libertador

Un día la marioneta notó que se le rompía uno de sus hilos. Otra en su lugar habría pensado que aquello era una desgracia, que ya se notaban los años y el desgaste, pero ella, cansada de que fuera otro quien la manejara, se alegró de que así sucediese. Ahora tenía un brazo suelto, y con él, trabajando pacientemente, consiguió desanudar el resto. Por fin era libre.

Convencida de que sus otras compañeras querrían también librarse de sus ataduras, empezó a idear un plan para cortar todos sus hilos.

—Pero a mí me gustan las historias que me hacen representar —dijo una de ellas cuando empezó a quitarle el de una pierna—. ¿Quién jugará conmigo si no pueden moverme como hasta ahora?

—Créeme, estarás mejor así. El niño te ha convencido de que está bien ser la protagonista de sus teatrillos, pero una marioneta debe andar libre para ser feliz.

Y antes de que la otra marioneta tuviera tiempo de protestar, ya no tenía hilo ninguno y era incapaz de volver a atárselos ella misma.

Otras no pusieron pegas y le agradecieron que las liberara, pero no fueron pocas las que se quejaron y le pidieron que las dejara en paz. Querían seguir como antes, les gustaba actuar y que otros se sirvieran de ellas para contar historias.

—Hago reír a los niños —dijo una con voz triste para convencerle de que la dejara.

Pero la marioneta siguió desatándolas a todas y no pensaba parar hasta que ni una sola de sus compañeras valiese ya para los juegos de los demás.

Había entre los títeres un guiñol, es decir, uno de esos títeres de guante que se manejan metiendo la mano en ellos. Al guiñol le gustaba que lo utilizaran y era uno de los favoritos del niño. Y como no tenía hilos que pudieran cortarse, se creía fuera de los planes de la marioneta.

—No te preocupes, amigo, que también me encargaré de ti —le dijo esta.

—No, si yo quiero seguir así. Mejor que no hagas nada.

Pero la otra no escuchaba. Con los hilos que había desatado de las demás, le cosió la entrada del guante al guiñol y lo dejó inutilizado.

—Ahora ya nadie vendrá a decirte lo que tienes que hacer, ni jugarán a ponerte voces raras.

Y se fue a seguir con su plan sin ver que el pobre guiñol se quedaba deprimido y triste.

Cuando acabó con las marionetas, no se detuvo. Ahora quería cortar todos los hilos y cuerdas que viera en cualquier juguete. Arrancó el cordel con el que se arrastraba un trenecito de madera, quitó los cordones de los zapatos de una muñeca, y cortó la cuerda de un yo-yo.

—Se acabó el subir y bajar cuando otros te lo manden, compañero —le dijo a este, convencido de su buena acción.

El niño llegó para jugar con su colección de marionetas y las encontró todas deshechas. Su guiñol preferido estaba cosido y no podía tampoco usarlo. ¿Qué iba a hacer ahora sin sus títeres?

Desde su sitio, la marioneta vio al niño y se sintió poderosa. El mundo necesitaba de alguien como ella, no había duda. Qué orgullosa se sentía de sí misma. Y las otras marionetas que no habían sabido reconocer su trabajo pronto se darían cuenta del favor que les había hecho y vendrían a agradecérselo.

Se repitió que había hecho algo importante por las vidas de las demás marionetas y juguetes, e incluso la de ese violín a quien nadie podría ya hacer sonar contra su voluntad. El mundo era ahora un lugar más feliz y justo.

O al menos, eso pensaba ella.

← · ↩ Índice · →