Historia de un globo
El niño cogió el globo y con un rotulador le pintó un ojo. Luego otro. Con eso el globo pudo ver, y lo primero que se encontró fue una fiesta. Había muchos otros globos, y también más niños, y sobre la mesa una gran tarta con un número cinco. El niño le pintó una boca y el globo sonrió.
Terminó la fiesta y el padre empezó a recoger. Se llevó muchos globos, pero el niño consiguió que dejara unos pocos, y él estuvo entre ellos.
Pasaron los días y el globo notó que había perdido volumen. Tenía menos aire y, cuando el niño lo lanzaba hacia lo alto, ya no se quedaba flotando tanto tiempo. Nada de lo que debiera preocuparse. Además, parecía que a todos los demás les pasaba lo mismo.
Siguió perdiendo tamaño y, con el tiempo, empezó a arrugarse. Se le notaban ya algunos pliegues, y la tinta del rotulador quedaba ahora más gruesa. «Me hago viejo», pensó.
Un día uno de los globos se desinfló de repente. Poco después a otro de ellos lo atrapó el gato de la familia y lo pinchó con sus garras. Así vio marcharse a muchos de sus amigos.
Le quedaba ya apenas aire, pero los pocos otros que seguían con él tenían aún menos, y cuando se vaciaban por completo el padre venía y los tiraba a la papelera.
Llegó un momento en que no hubo más globos, solo él. Estaba tan desinflado que ya el niño no lo tiraba al aire, sino que lo guardaba junto a sus otros juguetes como si fuera un pequeño peluche de goma.
El globo vivió hasta la edad de un año, una cifra sorprendente para un globo de su clase. Antes de perder todo su aire, lo último que vio fue otra fiesta, muchos globos nuevos bien hinchados, y el niño pintándole ojos y boca a uno de ellos.
Sobre la mesa había una tarta con un número seis.