Renombrar el mundo
Quizás te hayas preguntado alguna vez por qué el lugar en el que vives tiene el nombre que tiene, o por qué las calles se llaman de esa manera. Detrás de todos ellos hay una historia, pero es probable que ninguna sea tan curiosa como la de la región antes conocida como Sosaina (hoy llamada Tirimboque).
La región de Sosaina tenía en su territorio los nombres más aburridos de todo el planeta, puestos todos ellos con la mayor de las desganas. Los cartógrafos de Sosaina se quedaban dormidos frente a sus mapas, y los turistas que venían a ver sus riquezas, que eran muchas y muy atractivas, se sorprendían de que las hubieran nombrado de aquella manera tan insulsa. Subían a la «Montaña Cualquiera», se bañaban en el cristalino «Río Conagua», y tomaban un refresco en las terrazas de una de sus tres calles principales: la calle Normal, la calle Recta y la calle Otra. Y cuando volvían a casa después de sus vacaciones, no eran capaces de contar nada, porque de inmediato se les olvidaban todos los nombres de los sitios en los que habían estado.
Fueron los niños los que cambiaron aquello. A los adultos de Sosaina les daban igual esos nombres, estaban tan acostumbrados a ellos que les parecían normales, pero los niños se aburrían y soñaban con otros más vivos y exóticos.
Una tarde, reunidos en el patio de la escuela, decidieron dar nuevo nombre a todo. Eso era fácil, no había más que inventar algunas palabras. Lo difícil era hacer que aquello durara y que el resto de gente acabara utilizando los nuevos nombres. Para ello, hicieron un juramento muy solemne: no volver a llamar a ningún lugar por su nombre original, sino por el nuevo, mucho más divertido. Luego se sentaron y se repartieron la tarea de renombrar el mundo.
A Damián, que era el más imaginativo y andaba siempre en las nubes, le dejaron que nombrara las montañas y las colinas. Se escapaba por las tardes y subía a todas ellas, apuntaba la sensación que le inspiraban, y con ello pensaba el nombre correspondiente. Así se le ocurrieron cosas como «Monte Mequedoboquiabierto» o «Cerro Vertiguillo»
Samuel, que era el más poeta de los niños, le puso nombre a los parques y las zonas arboladas. Los nombres más hermosos de todo el territorio, como por ejemplo «Vaguada Nemorosa» (en el lugar antes llamado «Bosque de Árboles»), son obra suya.
A la pequeña Carmelita, que apenas sabía hablar, no le encargaron nada, pero al ver que no la incluían en el juego, se puso a llorar y no hubo más remedio que asignarle una tarea. Decidieron dejarle que nombrara las fuentes, y a la que hay frente al ayuntamiento la llamó «Fuente Gluglú». Como aún no sabía pronunciar bien, hubo quien entendió que decía «Blublú», y otros entendieron «Pluplú». Es por ello que hoy día puede encontrarse con todos esos nombres, aunque en realidad la gente la llama «Fuente de las Burbujitas».
A los mayores les hacía mucha gracia aquella pequeña travesura, pero ya no les pareció tan gracioso cuando vieron que los niños seguían en su empeño meses después. Además, no solo evitaban llamar a los lugares con sus nombres antiguos, sino que acabaron convenciéndose a sí mismos de que los nuevos eran los auténticos, y no reconocían los originales.
El día en que los padres de Alberto Bermúdez le dijeron que le recogían en la esquina entre la calle Ancha y la calle Conacera tras sus clases de piano, el niño no supo a dónde ir, porque para él aquéllas eran las calles Jejeje y Jojojo (de los nombres de las calles se encargó Beltrán Risueño, que siempre se estaba riendo, incluso cuando hablaba). Del susto que se llevaron, los padres decidieron empezar a aprenderse los nuevos nombres, y otros muchos padres siguieron su ejemplo. El plan de los niños empezaba a dar sus frutos.
En los exámenes, contestaban usando los nuevos nombres, y la asignatura de geografía se convirtió en una locura para la profesora Martínez, que estaba empeñada en no ceder en este asunto. Pero al ver que los niños tampoco cedían y que todos los exámenes quedaban suspensos, no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer. Hubo incluso que reescribir los libros de texto.
Cuando los niños se hicieron mayores, siguieron con su plan. El primero que llegó a ocupar un puesto de cartógrafo se encargó de rehacer todos los mapas. El que se hizo presentador de televisión daba las noticias con los nuevos nombres. Y así cada cual continuaba con su bien trazado plan.
Llegó un momento en el que no había nadie que nombrara los lugares a la manera de antes. Ese día, Carmelita, que ya pronunciaba correctamente y se había convertido en alcaldesa de la capital, anunció que a partir de ese momento aquellos serían ya los nombres oficiales. Y también, que aquella región dejaba de llamarse Sosaina.
Se dieron cuenta entonces de que, con todos los nombres que habían inventado…, ¡no tenían uno para la región! ¡Vaya despiste!
—No hay problema —anunció la alcaldesa.
Y se acercó al primer niño que vio y le preguntó:
—¿Cómo te gustaría que se llamara esta ciudad y toda esta región?
—Mmmm… —dijo el niño poniendo cara de estar muy pensativo—. ¡Tirimboque!
—Pues que así sea —respondió ella.