Con la música a otra parte




Cuando el niño puso el pie en el suelo nada más despertarse, sonó una nota. Después puso el otro pie y escuchó una distinta. Se diría que tenía un piano bajo los pies. ¡Y qué sonido más hermoso el que hacía! Movió los pies descalzos dando golpecitos contra el parqué, y comprobó que, efectivamente, ese era uno de aquellos días.

Bajó a saltitos la escalera tocando una canción, y al llegar abajo dio un salto y cayó sobre las puntas de ambos pies. Sonó un acorde triunfal.

Los padres se despertaron de mal humor.

—Otra vez la dichosa musiquita —dijo la madre.

—¿Es otro de esos días? —preguntó el padre.

—Me temo que sí.

Para el desayuno, le dieron un vaso de leche y una galleta. Al cogerla, sonó un saxofón. Puso los otros dedos y sonaron notas distintas, y después puso la otra mano y se escuchó una melodía.

—¡No la cojas con los diez dedos! —le regañó la madre.

Y él fue levantando los dedos uno a uno y sonó una escala de re menor.

El padre le acercó un pañuelo para que se limpiara, pero en lugar de pasárselo por la boca se sonó la nariz. Y al hacerlo, se escuchó retumbar por toda la casa una tuba.

En la ducha, al abrir el grifo del agua fría sonó una flauta. Y cuando abrió el de la caliente, un redoble de tambor.

Cuando se frotó la toalla contra el cuerpo, sonó un violín. Y los sonidos se hicieron más agudos según se fue secando partes más bajas de su cuerpo. El sonido que se escuchó al secarse los pies fue tan agudo que a la madre casi le dieron escalofríos al oírlo.

—Odio esto —masculló ella mientras él se reía.

Pero su momento favorito en días como aquel era cuando se vestía. Al ponerse el pantalón, sonaba un trombón, y la nota cambiaba según moviera la pierna hacia adelante o hacia atrás. Sucedía lo mismo cuando metía los brazos en el abrigo, solo que ahí el sonido era algo más suave.

Fueron hasta la parada del transporte escolar, y también en el camino sonaba a cada paso una nota distinta. El autobús vino poco después, pero en lugar de la algarabía de siempre, dentro se oía un caos de instrumentos.

El conductor la miró con cara de resignación.

—Hasta la tarde, cariño —dijo para despedirse de su hijo.

Él le devolvió un acorde de mi bemol.

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