El pirata duplicado

Cuando el pirata Berberecho terminó de saquear el barco de la Bruja de las Aguas Turbias, esta, furiosa al ver cómo le robaban sus preciadas gemas, gritó:

—¡Maldito seas, Berberecho! Yo te maldigo por llevarte mis joyas. A partir de ahora, las cosas en la vida te vendrán por duplicado. Ese será tu castigo por ser tan malvado.

—¡Pues menuda birria de maldición! —dijo él riéndose—. ¡Eso es más bien un regalo!

—Ya verás, ya, cómo sufres por ello —respondió la bruja poniendo su peor cara de odio.

—Tonterías

Y sin parar de reír, se metió en su barco a contar su botín y puso rumbo hacia una nueva fechoría.

Echó un trago de ron y pensó que, si lo que la bruja decía era cierto, la próxima botella de ron que consiguiera no sería solo una, sino dos. Esta bruja era bastante tonta si pensaba que aquello sería una maldición.

Al llegar a puerto una semana más tarde, decidió utilizar su dinero en procurarse un aspecto más acorde con su oficio y con la fama de pirata sangriento y feroz que empezaba a crearse. En realidad, el pirata Berberecho era todavía un principiante y no tenía tras de sí una gran carrera de malhechor. Vestía de traje y corbata, ya que venía de una familia adinerada, y acababa de terminar sus estudios de Piratería y Saqueo Naval en una carísima universidad privada. Ahora que surcaba las aguas en busca de inocentes a los que robar, era hora de ir adecuando su atuendo.

Encontró una sastrería y pidió que le enseñaran algunas ropas andrajosas. Tenían mal aspecto, sí, pero eran de seda y paño fino, y además muy caras, pues aquella era la última moda entre los jóvenes de buena familia que querían aparentar ser rebeldes. Le parecieron perfectas.

—¡Enhorabuena! —le dijo el vendedor—. Es usted nuestro cliente número mil, y como premio se lleva… ¡otro conjunto igual al que ha comprado!

—Esto debe ser la maldición de la bruja —dijo el pirata—. Yo tenía razón, esta maldición es… ¡una bendición!

—¿Disculpe?

—Nada, nada, tranquilo. Cosas mías.

El pirata salió de allí con sus nuevas ropas ya puestas y fue a la pajarería a buscar un loro. No hay pirata que se precie que no lleve un loro. Escogió el más caro, uno con buen pedigree que sabía ya hablar tres idiomas, se lo puso en el hombro y volvió al barco. El loro era tan hermoso que todas las loras lo encontraban irresistible, y al poco tiempo de caminar, una de ellas se posó en el otro hombro del pirata con cara de enamorada. Era una lora también muy seductora, y el loro quedó prendado de ella. Ahora el pirata ya tenía dos loritos. La maldición de la bruja era maravillosa, no había duda.

Como esperaba tener mucho trabajo saqueando barcos cargados de oro y joyas, contrató a un ayudante para poder gestionar mejor su tripulación. Resultó que el joven aprendiz no solo era un muchacho muy eficaz, sino que además tenía un hermano gemelo que también quería iniciarse en las artes de la piratería, y que estaba dispuesto a subirse a bordo sin cobrar ningún sueldo. Dos ayudantes por el precio de uno, eso sí que era suerte.

La vida del pirata se iba poco a poco llenando de cosas duplicadas. En la ropa empezaron a aparecerle dobleces dobles, anunciaba sus ataques con un redoble de tambor, bailaba pasodobles para celebrar sus victorias, y para doblegar a sus enemigos ya no empleaba el clásico sable pirata, sino un mandoble de doble filo.

Sin embargo, pronto empezó Berberecho a darse cuenta de que no siempre es bueno tenerlo todo repetido.

El loro y la lora no paraban de hacerse carantoñas y hablar sin parar, y le ponían al pirata la cabeza como un bombo, de tal manera que no le era fácil concentrarse en perpetrar sus maldades. Con el griterío que hacían los loros, no era capaz de luchar con la misma destreza que antes.

Además, los gemelos eran tan iguales que la mayor parte del tiempo los confundía y no recordaba a quién de ellos le había dado una orden, y su labor como capitán de barco pirata era un completo desastre.

Todo parecía irle bien hasta que un día, al atacar una carabela que creía que sería una presa fácil, resultó que tenía al frente no a uno, sino a dos capitanes experimentados en plantar cara a los piratas, y que además contaban con el doble de cañones. El intento fue un fracaso, y Berberecho tuvo que batirse en retirada. Y por si esto fuera poco, perdió un ojo en la refriega. Qué gran disgusto, su primera derrota y encima salía así de malherido. «Aunque no hay mal que por bien no venga», se dijo. «Ahora tendré un aspecto aún más duro y me temerán todavía más». Se puso un parche negro en el ojo y se convenció de que así no necesitaría ni desembarcar para intimidar a sus víctimas. Y con ese ánimo, se lanzó al abordaje de un nuevo barco.

Tampoco esta vez tuvo suerte, y además de no conseguir botín alguno, perdió una pierna. La verdad es que no le pareció tan malo, porque un buen pirata debía tener una pata de palo para parecer más fiero. Él ahora ya tenía un parche en el ojo y una pata de palo, así que, en el fondo, tenía mucha suerte. Su prometedora carrera de pirata temido en todos los mares no había hecho más que empezar.

Para celebrarlo y curarse bien de sus heridas, navegó hasta el Caribe con la idea de pasar unos días tumbado en la playa sin hacer otra cosa que beber zumos. Pero una mañana, mientras descansaba sobre la arena mirando el azul del cielo, pasó por encima de él una gaviota que fue a hacer sus aéreas necesidades cuando se encontraba sobre su cara, y el maloliente proyectil fue a caer justo en su ojo sano. Como resultado, perdió también este, y en vez de su parche intimidante, sus marineros, que empezaban a perderle el respeto, le pusieron una especie de máscara de carnaval sin agujeros.

La maldición de la bruja empezaba a hacer de las suyas, pero aún quedaba mucho por llegar.

Esa misma tarde, al pirata le apeteció darse un baño en el mar. Como ya no tenía ningún ojo con el que ver, no se dio cuenta de que el agua estaba infestada de tiburones, y al meter el pie que le quedaba sano para asegurarse de que no estaba demasiado fría, uno de enormes dientes se merendó toda su pierna. Le pusieron una segunda pata de palo (eso sí, muy exótica, porque estaba hecha de madera tropical), y a partir de ese momento tuvo que hacer sus abordajes con muletas y tanteando para ver por dónde pisaba.

Estaba claro que la maldición de la bruja era una verdadera desgracia, pero aún así estaba decidido a seguir su carrera de pirata. Y aunque empeño y moral no le faltaban, su valía como pirata era ya muy limitada. Cuando su barco se acercaba a otro para abordarlo, le veían en la cubierta con su máscara de carnaval y sus muletas, y en lugar de provocar terror daba bastante pena.

El pirata Berberecho acabó sus días la mañana de un frío 2 de febrero, cuando, al llevar a su barco el botín de uno de sus saqueos (este sí completado con éxito, por sorprendente que parezca), tropezó y cayó al mar. Antes de que sus marineros consiguieran rescatarlo, lo atrapó un pulpo gigante al que le pareció muy apetitoso comerse un pirata sin barba. Berberecho pudo librarse de él dando golpes con sus muletas, pero entonces vino un segundo pulpo y ya no tuvo nada que hacer.

Nadie echó de menos al pirata Berberecho, porque los piratas no tienen amigos. Y si los tienen, son tan malos y fríos como ellos y nunca dirán que están tristes, aunque luego en la intimidad de sus camarotes se harten a llorar pensando en los compañeros que se han ido. Como su historia era tan peculiar, el famoso biógrafo Segundo Reincidente escribió un libro con sus andanzas, del cual tan solo se vendieron dos ejemplares. Y como, incluso después de muerto, al pirata Berberecho le han de llegar las cosas por duplicado, yo he escrito esta otra historia contando su vida.

Si te ha gustado, puedes leerla una segunda vez para así continuar la curiosa maldición del pirata Berberecho.

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