Historia del relieve

Todo se inició con el rey Cúspido I, apodado «El Elevado», quien decidió que quería tener la capital a mayor altitud de todo el continente. Dio a cada uno de sus súbditos una pala y un cubo, y les ordenó que apilaran tierra hasta construir una montaña lo más alta posible en el centro de la región. El trabajo se prolongó durante años, con toda la población dedicada a esta descomunal empresa, pero a la muerte del rey aún no se había alcanzado altura suficiente.

Su heredero, Cúspido II, conocido como «El Más Elevado», continuó la labor, y con los años no hubo un lugar a mayor altura que el de aquella montaña. En la angosta cima, Cúspido II estableció su palacio, pero como no cabía en ella más que una persona, aquello en lugar de palacio era más bien una pequeña cabaña, y además no había manera de alojar a la servidumbre. Cúspido II murió de hambre al cabo de una semana, pues es bien sabido que un rey no sabe ni hacerse un huevo frito por sí mismo sin ayuda de sus sirvientes.

A Cúspido II le siguió Terroliso, también llamado «El Nivelado», que era un rey mucho mejor, muy cabal y justo. Al contrario que su padre, Terroliso no era amigo de aquella gran montaña. Decretó que, bajo su mandato, ningún habitante de su reino debía tener más que los demás, y eso también incluía la altura de sus terrenos, así que hubo que desmontar la gran montaña para que el territorio de sus dominios fuera una única planicie llena de casitas idénticas. Terroliso fue un rey muy querido, pero por desgracia murió al caer de un bordillo de medio palmo de altura que, en aquel momento, era el mayor relieve de todo su reino.

El primogénito de Terroliso y heredero del trono real fue Dolino, conocido como «El Profundo», mucho menos responsable y bondadoso que su padre. A Dolino le gustaba salir por la noche y le molestaba la luz del sol cuando se acostaba de madrugada después de venir de fiesta. Y como en aquellos tiempos aún no se habían inventado las persianas, decidió que la capital del reino debía situarse en el fondo de un enorme agujero. De esta manera, la ciudad estaría casi siempre en sombra como si se encontrara en lo más hondo de un pozo.

Se tardó muchos años en excavar una depresión de la profundidad suficiente. Cuando al fin se completó el trabajo, Dolino levantó en el fondo del gran agujero su palacio real. Pero el primer día, cuando se acostó después de una de sus noches de fiesta, cayó una tormenta que inundó toda la ciudad al completo, ya que los ingenieros habían olvidado añadir un drenaje. Dolino murió ahogado esa misma mañana, y así comenzó una nueva etapa en el relieve de este singular territorio.

El primero en la línea sucesoria de Dolino era su hijo Ondulino, que asumió el mando del país y pasó a la historia con el sobrenombre de «El Rizado», no porque tuviera el pelo de aquella manera, sino porque dejó el paisaje como la superficie de una patata rizada. Aunque en realidad, lo que a Ondulino le gustaba no eran las patatas fritas, sino las que aún están enterradas en la tierra, ya que su gran pasión era la agricultura.

En cuanto subió al poder, dictaminó que su reino debía tener el mismo relieve que una gran huerta, surcada de bancales perfectamente alineados. Y durante los siguientes años, el pueblo se dedicó a darle esa forma a su relieve.

A la muerte de Ondulino, quedó al cargo su hermano Oblicuo, más tarde conocido como «El Inclinado». Al rey Oblicuo le apasionaban los deportes de invierno, y, por no ser menos que sus predecesores, decidió que había que cambiar la configuración del relieve una vez más, en esta ocasión para convertir todo el país en una enorme pendiente.

Tras años de trabajo, todo el territorio se convirtió en una gran ladera, y desde cualquier punto uno podía deslizarse montaña abajo sobre sus esquís hasta la frontera del reino. El rey Oblicuo instaló su morada en la parte más alta, de tal manera que podía recorrer de un extremo a otro sus dominios sin más que dejarse caer.

Los sucesivos reyes continuaron moldeando el relieve a su antojo durante numerosas generaciones, hasta que Mesetario «El Escalonado», tras haber dejado el reino con un relieve hecho de terrazas perfectamente horizontales, murió sin descendencia ni herederos y no hubo quien ocupara su trono.

El pueblo, cansado de soportar tantos delirios, aprovechó entonces para deshacerse de su dinastía de reyes y eligió un presidente. Este, con menos deseo de grandeza que sus predecesores, hizo saber a los ciudadanos que no haría ya más cambios en el paisaje.

Sin embargo, y puesto que aquellas terrazas no eran del agrado de todos, los invitó a que dieran forma al relieve como ellos quisieran. Y así, cada cual fue moviendo un poquito de tierra aquí y otro allí, haciendo desmontes y terraplenes, dándole tierra al vecino o poniéndola en su terreno, de manera que al cabo de los años quedó este relieve actual de colinas tan hermosas con el que todos estaban satisfechos.

Para recordar los errores del pasado y no volver a repetirlos, se construyó en la capital del país un parque en recuerdo de aquellos viejos tiempos, con una estatua por cada uno de los reyes. A diferencia de las estatuas normales, estas estaban hechas de arena, para que cualquiera que pasase por el parque pudiera modelarlas a su antojo.

A día de hoy, según escribo esta historia, una de ellas tiene forma de piruleta y las otras forman una playa en la que los niños hacen castillos con cubos y palas.

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