El peor trabajo del mundo
De las notas que salieron de aquella promoción en la Escuela de Notas Musicales, todas encontraron trabajo. Una, la más elegante, como do sostenido en una ópera muy famosa. Otra, de mi bemol en una cajita de música. Dos de ellas se empleaban en la melodías que una señora silbaba mientras trabajaba, y tres más en la flauta que un niño llevaba a las clases de música del colegio. Y las demás, en canciones varias, en la sintonía de un programa de radio, o en la banda sonora de una película de terror, entre otras ocupaciones. Todas estaban felices con aquellos trabajos.
Solo había una nota que no estaba satisfecha con su puesto. Era dulce y bien afinada, pero el único trabajo que había encontrado era como nota larga y estridente dentro de un despertador. Cada mañana, a primera hora, tenía que hacer su sonido una y otra vez hasta que el dueño de aquel despertador se levantaba.
—¡Es el peor trabajo del mundo! —se quejaba día tras día.
La nota sabía que era difícil que encontrara algo mejor. Ella soñaba con ser nota en una canción de cuna, sonar despacio en la voz de una mamá que le cantara muy bajito a su hijo. O mejor aún, trabajar en el estribillo de una canción de amor. Pero su padre había trabajado media vida en un reloj de pared, y su madre en la sirena de una ambulancia, trabajos también duros y aburridos. Ella no podía esperar llegar a alguno de esos otros puestos, porque la vida de las notas, igual que la de las personas, es injusta.
Un día, harta de aquello, decidió no ir a trabajar a la mañana siguiente.
—¿Y a quién le va a importar eso? —le decían las demás—. Solo eres una nota que trabaja en un despertador.
Pero a ella le daba igual lo que dijeran. Estaba decidida y aquella mañana no se presentó en su puesto.
Había pasado casi una hora cuando el dueño del despertador, a quién había sacado del sueño el ruido de un frenazo en la calle, abrió un ojo y miró para ver cuánto tiempo podía quedarse todavía en la cama. Al ver la hora que era, pegó un grito, saltó a toda prisa de la cama, se puso la primera ropa que encontró y salió de casa sin perder ni un segundo. Se montó en su coche y condujo a toda velocidad.
Fue ahí que comenzaron todos los accidentes y desastres que sucedieron aquel día, y de los que seguro has oído hablar. Enormes atascos en todas las calles de la ciudad, colegios cerrados, tiendas vacías. Se suspendieron todos los espectáculos y conciertos.
Música, por supuesto, hubo poca.
Nuestra nota se despertó bien descansada y se fue al parque a disfrutar de un poco de sol. Allí se encontró a un pajarillo que no sabía cantar y le ayudó a trinar algunas notas melodiosas. Qué bien sentaba hacer algo así, mucho mejor que hacer sonar aquel horrible despertador. El pájaro, agradecido, la llevó hasta lo alto de un árbol para que disfrutara la vista.
Desde allá arriba, la nota vio la ciudad en un completo caos. ¿Qué estaba pasando? No entendía nada. Y qué mala suerte; para un día en el que ella podía descansar y divertirse, y no iba a poder aprovecharlo. Volvió a casa de inmediato, y en el camino encontró a otras amigas notas con cara de disgusto.
—Estarás contenta con la que has liado —le dijo una de ellas.
—Hoy era día de estreno, y por tu culpa no hemos podido sonar —dijo otra muy enfadada.
La nota no podía creerlo. Se fue corriendo mientras pensaba en aquel desorden, y en que bastaba que ella no trabajase una sola mañana para que la ciudad dejara de funcionar como debía.
Quizás ella no tuviera la suerte de sonar en una ópera, pero, al parecer, su labor era más importante de lo que pensaba.
—Ahora sí que no voy a conseguir un trabajo mejor —pensó—. Aunque quizás sea un buen momento para pedir un aumento de sueldo.