Iguales

Cuentan que hubo en una civilización en la que todos sus habitantes eran iguales. No sé sabe cuándo ni dónde sucedió aquello, si fue aquí mismo o en un planeta al otro extremo de la galaxia, pero tampoco tiene importancia. Lo importante es que eran todos iguales. Completamente idénticos.

Medían todas las personas la misma altura, y tenían los ojos de color verde aguamarina y el pelo —que no crecía nunca— rubio hasta al altura del hombro. Lo que sí les crecían eran las uñas, pero lo hacían siempre a idéntica velocidad. Y, obedeciendo a alguna clase de desconocido impulso, se las cortaban puntualmente cada dos semanas y media.

Todos cumplían años el mismo día, aunque no se sabe a ciencia cierta si ese día era el 3 de febrero o el 22 de septiembre. Y todos los nuevos nacimientos se producían también en esa fecha. Las muertes, sin embargo, se tiene la certeza absoluta de que acaecían invariablemente el 4 de marzo, y todas ellas a la edad de 79 años y por la misma causa: empacho de coliflor.

Como todos los habitantes eran iguales a los demás, podían sustituirse unos a otros. Cuando era hora de ir a casa, cada cual se metía en la casa más cercana, donde encontraba a su pareja y sus hijos. Bueno, tal vez no eran los suyos, pero como no había diferencia, no había forma de darse cuenta de ello. Las casas, por supuesto, eran todas idénticas, con la misma disposición y los mismos adornos.

—Pero las cartas en el buzón no serían las mismas, ¿no?

Eso es cierto, pero la verdad es que no se mandaban muchas cartas. Como todos sabían lo mismo y vivían las mismas experiencias, tenían poco que contarse.

Como digo, unos podían ponerse en el lugar de otros, y por ello no había ni enfados ni celos. A la salida del colegio, los padres podían recoger a los dos primeros pequeños que encontraban (todas las familias tenían siempre dos hijos, ni uno más ni uno menos), e irse con ellos a casa sin notar ninguna diferencia.

Eso, por supuesto, si hubiera habido colegios, pero no era así porque en esta civilización los niños no iban a la escuela.

—Pues no sería una civilización muy culta….

Nada de eso. Lo que sucedía era que nacían ya con todo aprendido y no les hacía falta. Y además, no había quien supiera de materia alguna más que el vecino. De haberse hecho exámenes, todos los pequeños habrían sacado la misma nota, que se cree que sería más o menos un notable alto.

No hace falta decir que todos hablaban el mismo idioma, y que además lo hacían con idéntico acento y entonación. No solo eso, sino que cada uno conocía el mismo número exacto de palabras: 22543. Suficientes para hablar y para escribir la media docena de libros que cada habitante escribía a lo largo de su vida, porque todos ellos eran amantes de la literatura y esta era la cifra concreta de obras que cada cual sacaba adelante a lo largo de su vida. Como bien habrás adivinado, todos escribían los mismos libros, y nadie publicaba ni compraba estos, porque qué interés iba a tener aquello si eran exactamente iguales a los que uno mismo inventaba.

Al morir, dejaban siempre un libro inacabado, y esos manuscritos aún por finalizar tenían invariablemente 116 páginas, repartidas en cuatro capítulos y un quinto a medio escribir.

Ahora es cuando, para darle emoción a esta historia, sucede algo que hace que no todas esas gentes sean iguales. Por ejemplo, aparece alguien con el pelo negro, o uno que una noche duerme diez horas en lugar de las nueve que todos ellos dormían cada día (esto había olvidado contarlo), o que sabe un par de palabras menos y entonces no entiende algunas conversaciones. Ahí comenzaría el embrollo y pasarían cosas extrañas, o quién sabe si todos los demás empezarían a cambiar y a diferenciarse entre sí.

Pero no, eso sería un recurso demasiado fácil. Aquí no pasan cosas de esas, no solo porque yo no quiera inventarme así este cuento, sino porque en realidad esta civilización siguió siendo de la misma manera año tras año, generación tras generación, sin cambiar en absoluto.

Entonces un día, sin que nadie lo hubiera predicho (y de haberlo anticipado, lo habrían hecho todos a la vez), desaparecieron sin dejar rastro.

—¿Así de pronto? ¿De un día para otro?

Eso es. Se esfumaron sin más.

Hay quien dice que fue un meteorito, igual que sucedió con los grandes dinosaurios. Otros opinan que alguna clase de magia. Incluso hay quien opina que se combinaron todos en una sola persona, lo cual tiene sentido porque tanta gente repetida no es nada interesante.

En cualquier caso, también en esto fueron los habitantes de ese lugar iguales entre sí, porque desaparecieron todos a la vez.

—¿Y murieron todos de empacho de coliflor?

Buena pregunta. Pues no se sabe, pero la lógica dice que así debió de ser. Existe incluso una teoría que afirma que la extinción no la produjo un meteorito, sino el impacto de una enorme coliflor interestelar. También hay quien dice que pudo deberse a alguna gran celebración colectiva en la que, de tan felices, comieron todos demasiada coliflor y murieron antes de tiempo.

—Interesante…

En fin, que hubo una civilización de seres iguales entre sí, pero por desgracia ya no existe.

Esta historia nos ha de enseñar que es bueno que seamos diferentes, porque así la vida es más entretenida y nos libramos de algunos problemas.

Y también, que no es tan grave que a uno no le guste la coliflor.

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