Burbujas y alfileres

Como cada mañana, el marqués don Pomponio Jabonoso y su mujer, la marquesa doña Burbuja de la Pompa, fueron al comedor a desayunar. En la mesa les esperaba su hija Pompita, más madrugadora, y que había comenzado a degustar un delicioso desayuno de diminutas burbujitas de caviar y una copa de un zumo fresco y ligeramente burbujeante.

La marquesa, hambrienta, buscó con la mirada a uno de sus criados y gritó:

—Puntiagudo, ¿dónde está mi desayuno? ¿Es que no has visto que llevo aquí más de un minuto sentada?

—Sí, señora —dijo el criado—. Discúlpeme. Ahora mismo lo traigo.

—Es intolerable. Estos alfileres son cada día más inútiles —gruñó la marquesa.

—Tranquila, querida. Es un sirviente joven, ya irá aprendiendo —le respondió el marqués.

—Son todos una raza de vagos, no se salva ninguno.

Puntiagudo volvió pronto con una bandeja llena de caviar y champán, y sirvió apresurado el desayuno a los marqueses. Luego hizo una pequeña reverencia y se retiró hacia la cocina.

—Un momento, delgaducho —le dijo la marquesa—. Recuérdale a tus compañeros Aguijón y Afilado que tienen mucho trabajo que hacer. Esta noche damos una fiesta y hay que tener listos por lo menos cien globos bien redondos e hinchados. No quiero que se olviden.

—Si, señora —dijo Puntiagudo con voz temblorosa antes de irse.

El palacio de los marqueses era una enorme cúpula transparente hecha de cristal fino, y a través de esta ellos y su hija contemplaron el amanecer. Cuando el sol estuvo bien por encima del horizonte, el marqués le dijo a la pequeña Pompita:

—Hija, mira cómo es el sol. No es alargado ni tampoco cuadrado, sino redondo, como nosotros los burbujos. Por eso somos nosotros quienes gobernamos este mundo, y por eso los alfileres, delgaduchos y raquíticos, siempre serán nuestros sirvientes. Así lo ha querido el destino y así tiene que ser, no lo olvides nunca.

—Sí, papá—dijo ella mientras tomaba otro par de bolitas de caviar.

Puntiagudo había vuelto a la cocina y hablaba con Aguijón y Afilado.

—Maldita burvieja. Cómo la odio.

—Es una burbruja —dijo Afilado— Ojalá se atragante un día con esas bolitas que tanto le gustan.

—Deberíamos hacer algo, no podemos dejar que nos traten tan mal.

Aguijón, que era el más viejo de todos ellos, se reía al escucharlos.

—Cómo se nota que sois jóvenes. Ellos son los amos y nosotros sus sirvientes, siempre ha sido así, y no hay manera de cambiarlo. Yo también pensaba como vosotros cuando tenía vuestra edad, pero es mejor aceptarlo.

—Aguijón tiene razón —dijo Afilado—. Qué podríamos hacer un puñado de alfileres contra los burbujos. Son mucho más poderosos que nosotros. Si no, no serían ellos los que mandan.

Puntiagudo no dijo nada. Solo se quedó pensando, imaginando cómo sería el mundo si no tuvieran que servir a los burbujos y estos no les trataran tan mal. Ojalá hubiera algún modo de enfrentarse a ellos, ojalá se le ocurriera la manera de hacerlo...

—Por cierto, la marquesa ha dicho que no os olvidéis de preparar los globos para su fiesta.

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