Papiroflexia
La culpa de todo fue del tío Miguel, que se presentó al cumpleaños de su sobrino Samuel con un libro de papiroflexia.
—Ya verás que divertido es esto, te va a encantar —le había dicho mientras cogía una medialuna y un vaso de refresco.
El libro incluía nada menos que mil figuras distintas, según podía leerse en la portada, y venía además con cincuenta folios de papel de varios colores, para que uno comenzara con ellos a trabajar las primeras de esas figuras.
Antes de dormirse, muy contento después de su fiesta de cumpleaños, Samuel hizo una pequeña rana de papel y pensó que aquello era divertido.
Al día siguiente hizo nada menos que diez figuras, y al otro ya terminó con todos los papeles que venían con el libro.
—Mañana te compraré más —le dijo su madre.
Pero él tenía tantas ganas de seguir haciendo figuras que antes de dormir arrancó algunas hojas de un cuaderno e hizo un insecto y un cohete.
Y por la mañana, la tostada del desayuno la convirtió en una gaviota.
En el colegio, hizo unos hombrecillos con las hojas del libro de matemáticas, y una bandada de cisnes con las del de geografía.
—Se lo voy a decir al profesor --le amenazó Sebastián, el empollón de la clase.
Pero antes de que pudiera decir nada, Samuel lo plegó hasta convertirlo en una flor. Y como vio que aquello de doblar personas era igual de divertido, convirtió también a todos sus compañeros en florecillas. Luego dobló los pupitres y con cada uno de ellos hizo la figura de una abeja.
El profesor no se enteró de nada, porque estaba de espaldas a la clase apuntando cosas en la pizarra. Solo se dió cuenta cuando Samuel cogió la pizarra misma y la convirtió en un arbolito (figura que, según el libro, era de ejecución compleja). Y antes de que pudiera ponerle un castigo, al profesor lo convirtió en avioncito (figura para principiantes, del primer capítulo del libro).
De camino a casa plegó dos árboles, tres coches, un gato, una farola, dos señales de tráfico, e incluso una parte de la calle Hortensia, donde vivía su mejor amigo del colegio (ahora convertido en amapola).
Su madre le puso la merienda. Pero Samuel no probó ni un bocado. En su lugar, plegó el bocadillo y la manzana y los dejó convertidos en un barquito y un pequeño delfín. Luego dobló a su hermana. Y después de la cena, que tuvo que hacerse en el suelo porque había plegado la mesa en forma de cochecito, dobló a sus padres y los dejó acostados dentro de la cesta de la fruta.
—Buenas noches —les dijo mientras dejaba suavemente las figuras de dos pececillos.
Así, pliegue tras pliegue, Samuel dobló a lo largo de la semana todo lo que quedaba en el barrio, con sus habitantes y mascotas incluidos. Luego continuó hasta doblar la ciudad entera, y acabó doblando el planeta y construyendo con él una enorme mariposa. Sobre el ala derecha era donde quedaba ahora su casa, que ya no era una casa al estilo habitual, sino el resultado de haber plegado la anterior para que tuviera forma de calabaza.
Samuel se dijo entonces que ya estaba bien de tanta papiroflexia. No le quedaba nada que plegar, y había pasado ya varias veces por cada una de las figuras que su libro proponía. Y como en este mundo de figuritas empezaba a aburrirse, comenzó a deshacer todas sus creaciones.
El trabajo le llevó mucho tiempo, porque no era fácil dejar las cosas bien estiradas como antes, y para cuando todo volvió a la normalidad (salvo algunos pliegues que no fue capaz de quitar), su cumpleaños estaba de nuevo a punto de llegar.
El tío Miguel se presentó esta vez con otro libro, uno que se titulaba Cómo hacer figuras con globos. Lo acompañaba de una bolsa con un centenar de globitos de varios tamaños.
La mamá de Samuel le dió una medialuna y no le dejó entrar a la fiesta.