Los nombres cambiados

En la clase de la maestra Rubio, todos parecían tener sus nombres y apellidos equivocados. Quiero decir, todos se llamaban de alguna manera que no era la que les correspondía, sino todo lo contrario. Por ejemplo, la propia profesora Rubio, que tenía una melena larga y de color negro azabache, y que habría sido más adecuado que se apellidara Moreno.

El que sí se apellidaba Moreno era el niño más trabajador de la clase, un tal Luis Moreno Gandul, pero él tenía el pelo rubio como el oro. Aunque si había un pelo que llamara la atención, ese era el de Sandra Calvo, una niña menuda y con una larguísima melena castaña que era la envidia de todos.

El delegado de clase era el bueno de Alberto Flaco, un niño inteligente y algo gordito. Solía juntarse con Ángel Bravo, a quién le asustaba que le dieran un balonazo y no le gustaba jugar al fútbol, asú que pasaban el recreo jugando a las cartas.

En general, eran todos buenos estudiantes y se portaban bien. La única que andaba siempre haciendo travesuras y peleándose con todos era Paz Flores, que traía de cabeza a la maestra Rubio.

—¿Por qué no la llamaron simplemente Inés o Sara? —les dijo una vez a sus padres, que no entendieron por qué les preguntaba algo así.

También le daba trabajo el pequeño Raul Parado, que aunque sacaba buenas notas, era demasiado inquieto y estaba todo el tiempo moviéndose de un lado a otro.

—Toma ejemplo de tu compañero Jorge, que mira lo bien que se porta —le decía la maestra.

Se refería a Jorge Travieso, el niño más obediente y aplicado de toda la clase. Se sentaba al lado de Manuel Viejo, un pequeño con gesto infantil y cara de estar todavía en el preescolar.

Pero la alumna preferida de la profesora era Laura Pena, una muchacha siempre alegre y risueña. Incluso el día que se le rompió su muñeca favorita en el recreo mantuvo su sonrisa y su carácter optimista. Los demás niños intentaron animarla y arreglar la muñeca, aunque ella dijo que la llevaría a casa y que quizás sus padres pudieran coserla. El único que no se acercó para consolarla fue Samuel Magdaleno, que no es que fuera mal chico, pero nunca tenía ningún gesto tierno.

En lo que coincidían todos los niños era en que las clases les gustaban mucho, y por eso llegaban siempre puntuales a ellas y con muchas ganas de aprender. Bueno, todos menos Pedro Madruga, al que siempre se le pegaban las sábanas.

Al inicio del curso, la maestra se puso muy nerviosa, porque se dio cuenta de que en las listas tenía una nueva alumna: Dulce Bueno. Con ese nombre, ¡esa niña tenía que ser un demonio! Por suerte, la pequeña no hacia honor a su nombre (o al contrario de este, más bien), sino que era una niña muy normal, agradable y buena estudiante. Hizo buenas migas con Juan Arisco, que era un chiquillo de lo más amistoso, y juntos se pasaban el día jugando y haciéndose bromas.

A partir de ahí, todo volvió a ser como siempre, y la curiosa tradición de la clase seguía funcionando de manera infalible. Cada niño nuevo que entraba tenía su carácter y su apellido, y el uno era siempre el opuesto del otro.

Cuando la profesora Rubio cambió de colegio, los niños se entristecieron. Era una buena maestra y le habían cogido cariño. Sin embargo, se alegraron mucho cuando vino el nuevo profesor que habría de encargarse de ellos de ahí en adelante. No era para menos, porque nada más conocerle supieron que iba a ser un magnífico profesor.

—Chicos, os presento a vuestro nuevo tutor, el profesor Severo Seco —dijo el director.

Y los niños al oírlo se pusieron a dar saltos.

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