Una mancha de huevo frito
Aquel día don Copioso, el mejor cliente del restaurante, se sentó a la mesa, se puso la servilleta al cuello y, cuando el camarero vino a darle la carta, hizo un ademán para hacerle saber que no era necesario.
—No se moleste, hoy ya sé lo que voy a pedir —dijo con voz solemne.
Al dueño, que escuchaba desde el otro lado de la sala, aquello le pareció una buena señal. Don Copioso pedía siempre un montón de platos, así que, si ya lo tenía todo tan claro, solo cabía una posibilidad: ¡iba a pedir la carta entera!
Sin embargo, todos se llevaron una gran sorpresa cuando le escucharon decir:
—Tomaré nada más que un huevo frito. Y traiga bien de pan para mojar, por favor.
El dueño mandó al cocinero a freír el mejor huevo que tuvieran y le dio instrucciones de que la yema estuviera en su punto. Había que cuidar a don Copioso si querían que volviera por allí con su providencial apetito.
Dio la casualidad de que ese día, al ir comprar el género al mercado, el cocinero había encontrado un huevo que le había llamado mucho la atención. Era más esférico que los otros, tenía un brillo extraño y, por alguna razón, le pareció de una calidad superior. Era, sin duda, el huevo perfecto para servírselo a tan distinguido cliente.
Cuando el huevo estuvo listo, se lo llevaron al señor Copioso, que cortó un trozo de pan con mucha miga y lo sumergió en la yema. Se lo llevó a la boca y el huevo resulto ser tan exquisito que el señor Copioso se quedó extasiado. Con la emoción, se le derramó un poco de yema, que fue a caer sobre la servilleta que tenía prendida del cuello.
La mancha de huevo, en lugar de quedarse en la servilleta, comenzó sin embargo a avanzar veloz en todas direcciones. Salió de la servilleta y ocupó el traje al completo, dejándolo cubierto de una película amarilla, y se extendió por la cara y el cuerpo del señor Copioso, que no se dio cuenta por estar disfrutando de su delicioso bocado.
Cuando la mancha llegó al suelo, comenzó a expandirse por el restaurante y el resto de comensales. Luego salió a la calle, cubrió de amarillo la calzada y los edificios, y así fue colonizando la manzana, el barrio, la ciudad, el país y el planeta entero.
No era solo una simple mancha de color amarillo, sino que lo que tocaba lo cubría de verdadera yema de huevo. Las personas se chupaban los dedos y se sorprendían de lo sabrosos que estaban, aunque al mismo tiempo se preocupaban al ver que se iban convirtiendo en una sustancia pringosa y amarilla.
El saxofonista que en ese momento tocaba en el club de jazz junto al restaurante empezó a notar que su saxofón sabía a huevo y, con la sorpresa, se equivocó de canción. Aunque nadie se dio cuenta de ello, porque estaban distraídos viendo cómo se les llenaba de yema el cuerpo y la ropa. Y en la piscina municipal, los niños que chapoteaban se vieron de repente bloqueados en un fluido denso, y a los que iban buceando les costó mucho salir a la superficie a respirar.
Al cabo de un rato, mientras Don copioso se entretenía en relamerse una y otra vez los bigotes que no dejaban de llenársele de huevo, todo el planeta se había convertido en una enorme yema amarillenta.
Astrónomos de todas las civilizaciones de la galaxia contemplaban atónitos el suceso. Algunos incluso propusieron que a partir de ese momento el planeta Tierra pasara a denominarse planeta Yema.
Sin embargo, en ningún lugar del universo se observaba esta transformación como desde el planeta Mendrugo, en el Sistema Solar de Panseco. Allí, tras un enorme telescopio, dos hombrecillos comentaban el fenómeno.
—Jefe, la operación ha sido un éxito —dijo uno de ellos.
—¿Está ya el objetivo listo para que mojemos allí nuestro planeta?
—Confirmado.
—Entonces, ha llegado el momento.
Y a una señal del segundo hombrecillo, se encendieron unos descomunales propulsores que sacaron al planeta Mendrugo de su órbita y lo pusieron rumbo a la Tierra.
Quiero decir, a la Yema.