El rey Migas
Cuando el dios Dioniso preguntó al rey Migas qué deseo quería que le concediera, este lo tuvo claro:
—Quiero que todo lo que toque se convierta en pan.
Debéis saber que el rey Migas no era un rey avaro, de esos que quieren siempre más riqueza, pero sí muy glotón, y la idea de poder convertir todo lo que tocase en un pan suculento le pareció fascinante.
—¿Está seguro? ¿No prefiere convertirlo en oro? —le preguntó el dios para confirmar.
Y el rey Migas le respondió que no, que aquello era lo que quería, y que no le hacía falta pensárselo más.
—Oro no quiero, pero que la corteza del pan esté bien doradita, eso sí.
Y el dios Dioniso le concedió el deseo.
El rey Migas ahora salía a dar un paseo y le bastaba poner su mano en una ramita para tener un delicioso colín. Si quería una baguette, tocaba una rama más gruesa. Si quería un panecillo, agarraba un pedrusco. Y si quería una hogaza, cogía una piedra más grande.
Al despacho del rey Migas llegaban sus consejeros con papeles y documentos que necesitaban la firma real. Pero en lugar de firmarlos, el rey Migas los tocaba y los convertía en tostadas, pedía un poco de mantequilla, y allí mismo se los comía.
—Queda aprobado este presupuesto —decía con la boca todavía llena.
Gracias a ese poder del rey Migas, nadie en su reino pasaba hambre. De vez en cuando, el monarca se paseaba por las calles de la capital para ver a sus súbditos y, si los veía hambrientos, le bastaba tocar cualquier cosa vieja e inservible para convertirla en un pan nutritivo y recién hecho. Como ya supondréis, era un rey muy querido.
Además de comerlo sin parar y hacerse con él unos bocadillos riquísimos, el rey Migas le encontraba muchos otros usos al pan. Con el tiempo, la mitad de las cosas del reino acabaron estando hechas de pan.
Por ejemplo, los ejércitos del reino ya no disparaban bolas de metal, sino molletes de pan duro, más fáciles de fabricar pero igual de mortíferos. Y en palacio, los colchones de plumas habían sido sustituidos por unos de pan de molde. El propio rey los fabricaba nuevos cada noche, y así estaban siempre de lo más mullido.
De comer tanto pan, el rey empezó a engordar.
—Majestad, deberíais hacer un poco de ejercicio —le dijo un día uno de sus consejeros.
Y el rey Migas cogió una barra de pan, le clavó dos grandes hogazas tiernas en los extremos, y así se hizo unas pesas para mantenerse en forma.
Como veis, el rey Migas era un rey de lo más feliz, y el suyo, un reino muy próspero.
Acordaos de él cuando desayunéis vuestras tostadas o merendéis un bocadillo, y pensad que, aunque no lo parezca, el pan es mucho mejor que el oro.