El señor Kópek
Como cada mañana, el señor Kópek se levantó al salir el sol. En la tierra del señor Kópek, el sol no se alzaba desde el horizonte, sino que estaba siempre en el mismo lugar, justo en el punto central de la bóveda celeste. A la hora del amanecer, simplemente se encendía. Y al final del día, se apagaba. Además, el sol en la tierra del señor Kópek no era redondo, sino que tenía forma rectangular, como si hubiera una gran ranura allá en el cielo por la que entrara la claridad.
Aquel día era domingo. El señor Kópek se dispuso a esperar la extraña lluvia que llegaba cada domingo a mitad de la jornada. Porque en esos días, puntualmente, del cielo caía una enorme y pesada losa de metal, o a veces dos o tres de ellas, y estas se sumaban a las muchas otras que ya había en el paisaje. Y era así, con aquella lluvia de grandes discos metálicos, que el relieve iba cambiando domingo a domingo.
Sin embargo, ese día no cayó nada del cielo. El señor Kópek sintió agitarse el mundo, el suelo tembló y todo se llenó de un ruido ensordecedor. Y después, cuando por un instante regresó la calma, se oyeron unos golpes muy fuertes, como si el cielo fuera a derrumbarse. Y eso fue exactamente lo que sucedió. El cielo se vino abajo y se abrió de pronto como si se tratara de una cáscara enorme.
Al otro lado del cielo había una claridad deslumbrante. El señor Kópek nunca había visto una luz como aquella, y su vista tardó en acostumbrarse. Cuando pudo ver, se encontró con que allá fuera había criaturas enormes, y vio cómo una de ellas iba cogiendo uno por uno los discos metálicos y apilándolos más allá.
El señor Kópek, asustado, corrió todo lo rápido que pudo, trepó y descendió un número incontable de barrancos y paredes metálicas, y después siguió corriendo hasta caer rendido. Las enormes criaturas seguían allí, pero no parecía que le hubieran visto, y solo prestaban atención a las grandes losas de metal, que seguían apilando cuidadosamente.
Desde la distancia, el señor Kópek vio los restos de su pequeño universo y entendió muchas cosas.
Entendió las voces que en ocasiones escuchaba antes de que aquellas losas cayeran, y que él pensaba que pertenecían a alguna especie de dioses celestiales.
Entendió también los eclipses breves que se producían justo antes de que cayera cada una de esas grandes placas de metal, en los que el sol se apagaba durante un instante.
Entendió que su mundo era parte de uno mayor, y encontró respuesta a todas las preguntas que hasta ese momento se había planteado.
Viendo su mundo desde allá fuera, el señor Kópek lo entendió todo.
Bueno, todo no. Por más que pensó en ello, hubo algo que no fue capaz de explicarse: ¿por qué el mundo en el que había vivido tenía la forma de un cerdo?