Cartas

El señor Fournier es muy bajito, más o menos del tamaño de una carta de poker. Y siendo así, un día pensó que no necesitaba una casa de ladrillo como el resto de personas, sino que le iría mucho mejor vivir en un castillo de naipes.

El castillo de naipes del señor Fournier no es una de esas pequeñas manualidades hechas con una sola baraja, qué va. El suyo está construido con muchas de ellas, y con todas las comodidades que puedan imaginarse. Tiene el tamaño de una pequeña tienda de campaña, y lo ha puesto en una parcelita donde crece la hierba sin que nadie la corte, de tal modo que en primavera a él le parece estar en mitad de un bosque frondoso.

Los paseantes que no conocen al señor Fournier miran el castillo con extrañeza cuando pasan por delante. Y él, a su vez, cuando quiere observarles y curiosear lo que sucede en el barrio, abre un poco las contraventanas (hechas con dos ases de picas), enrolla un dos de tréboles formando un tubito y mira a través de él.

—Qué bien se ve todo con este cartalejo —se dice a sí mismo mientras recorre la calle con su peculiar anteojo.

El señor Fournier deja que todo el que quiera entre por el jardín y admire su casa, de la que está muy orgulloso, e incluso invita a la gente a asomarse y ver lo que hay dentro. Es amistoso con todo el mundo, salvo cuando algún niño travieso viene a hacer una gamberrada o intenta robarle alguna carta de una de las paredes o del tejado. Entonces, muy enfadado, defiende su castillo de naipes como si de un verdadero castillo medieval se tratara, e incluso saca la artillería que guarda en el sótano si así lo cree necesario.

—Es hora de usar la cartapulta —dice mientras dobla una carta y dispara con ella para disuadir a los intrusos.

Sin embargo, el señor Fournier es bondadoso y no quiere hacer daño a nadie, menos aún a un niño, y usa como proyectiles gominolas de fresa y pequeñas bolitas de azúcar.

—¿Caramelos? —dice sorprendido un chaval al que acaba de alcanzar en un brazo—. ¿Ese señor está disparando caramelos?

—Cartamelos, estos son cartamelos —corrige el señor Fournier—. Pruébalos, que están riquísimos.

Y el niño se lo mete en la boca y se va de allí contento mientras lo saborea, corriendo para que no le alcance otro disparo.

—¡Cuidado no corras tanto, que te vas a dar un cartañazo!

Hay días en los que al señor Fournier le apetece parecer elegante y se disfraza de rey de corazones, porque además dice que así se siente más parte de la casa.

—¿De qué va vestido? —le pregunta un vecino que ha venido a saludarle.

—Es mi disfraz de Cartaval. ¿A que me sienta bien? —responde él orgulloso.

Cuando el señor Fournier levantó su castillo de naipes, le preocupaban la lluvia y el viento, pero puso tanto empeño en hacer una construcción sólida y resistente que no hay tormenta que pueda hacerle ni un mínimo rasguño. Y ahora, de hecho, los días lluviosos son sus preferidos, porque en ellos aprovecha para salir a navegar en cualquier charquito o arroyuelo que se forme con la lluvia. Junta unas cartas para hacer una especie de balsa, pone dos o tres más enganchadas en la proa haciendo de vela, y así se construye un barquito de lo más práctico. O como él lo llama, un cartamarán.

Y si el charco es de más tamaño, le basta añadir más cartas y formar un velamen mayor.

—Allá va el señor del castillo de naipes con su galeón —dice una señora desde debajo de su paraguas.

—A mí me gusta más decir que es una cartabela. Como las de Colón, ya sabe —responde él.

Hoy el señor Fournier se queda en casa, tumbado en su cama y tapado con una de sus cartas a modo de manta. El día es soleado, pero ayer salió a navegar con sus barquitos y acabó calado como una sopa, y esta mañana se ha despertado con un gran resfriado.

—Parece que me he acartarrado —se lamenta con la nariz llena de mocos.

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