Guadalupa

Siempre que había un misterio sin resolver, todos llamaban a Guadalupa. No solo los niños, sino también los profesores, porque no había nadie en el colegio con mayor instinto detectivesco que ella.

—Pero se llamará Guadalupe, no Guadalupa.

En realidad se llama Isabel, pero se ha puesto ese nombre que suena muy apropiado para una sabuesa como ella, siempre con su lupa a cuestas.

—¿Una lupa? ¿No suena eso un poco anticuado?

¡Qué va! El que está anticuado eres tú, que ahora las lupas hacen muchas cosas.

Por ejemplo, un día se perdió en clase de ciencias un compás, y nadie era capaz de encontrarlo. Como había clase de dibujo en la hora siguiente, el niño que lo había perdido estaba muy preocupado.

—Tranquilo, que esto lo encuentro yo ahora mismo —dijo Guadalupa mientras sacaba una de sus lupas.

Se la acercó al ojo derecho, miró durante unos segundos, y sin perder el tiempo resolvió el caso.

—Está en lo alto de aquel árbol, en el nido de la urraca.

Y en efecto, los niños fueron al árbol y en el nido de la urraca ladrona encontraron el compás.

—¿Pero cómo puedes saberlo, si has mirado al aire?

—Es que esta lupa es muy especial. No acerca las cosas, sino que las aleja.

—¿Eh? —preguntaron los niños sin entender nada.

—Miro por ella y veo todo el colegio, o incluso todo el barrio —aclaró Guadalupa—. No es una lupa para ganar detalle, sino para ganar perspectiva.

En otra ocasión, encontraron en el patio un abrigo olvidado, pero después de preguntar por todas las clases, nadie lo reconoció como suyo. Resultó que era de un niño tan despistado que, a esas alturas del día, ya había olvidado la ropa que se había puesto por la mañana, y que cuando lo vio pensó que era de otra persona.

Guadalupa sacó una lupa de su cartera, se la llevó a la nariz, y después se acercó con ella hasta el abrigo.

—¿Y no sería mejor que te la pusieras en un ojo? —dijo un profesor que no se fiaba de los métodos de la niña.

—Sepa usted, profesor, que esta no es un lupa como las demás —respondió ella muy segura—. Es una lupa olfativa. No aumenta el tamaño de las cosas, sino la intensidad de los olores.

Y así, siguiendo el rastro con su olfato que ahora era más fino que el de un perro policía, Guadalupa llegó hasta el niño despistado y se le devolvió su abrigo, aunque él seguía diciendo que no era suyo.

Hoy le han pedido a Guadalupa que resuelva un nuevo misterio: hace días que desaparecen del comedor los bizcochitos del postre. Es un caso difícil, porque no hay pista alguna que ayude a aclarar lo que sucede, y también porque los niños que se quedan sin su pastel protestan con mucha furia y quieren que resuelva el misterio lo antes posible.

Guadalupa se ha pasado todo el recreo y la hora de la comida investigando, y al final ha encontrado en el patio un trozo de bizcocho. Los otros niños se han apiñado alrededor de ella y han visto cómo sacaba todas las lupas de su colección: la lupa sin cristal, la lupa gustativa, la lupa de tres cristales, la lupa capaz de detener el tiempo, y otras dos docenas de ellas. Sin embargo, con ninguna de estas ha sido Guapalupa capaz de deducir nada. Ya os decía yo que este era un caso difícil.

Entonces, ha sacado una última lupa, ha mirado al bizcocho con atención unos segundos, y después, sonriendo, ha dicho:

—Lo tengo. El que roba los postres es Manolín.

De inmediato, todos se han girado hacia el campo de fútbol, donde Manolín jugaba de portero. Y cuando un profesor se ha acercado a preguntarle, el muchacho ha empezado a llorar y ha confesado que sí, que es él el ladrón, pero que le perdonen y que promete no volver a hacerlo.

—¿Cómo lo has averiguado? ¿Qué clase de lupa rara es esa última? —le preguntan a Guadalupa.

—Esta no tiene nada de raro, es una lupa normal. He mirado con ella y me he dado cuenta de que el bizcocho estaba sucísimo, y todos sabemos que Manolín no para de hurgarse la nariz y nunca se lava las manos. Era evidente que se trataba de él.

—¿Y qué hacemos con Manolín? —se preguntan entre ellos los profesores.

—Pues que ayude a Guadalupa, a ver si aprende algo bueno de ella —propone uno.

—¡Pero si yo no sé nada de detectives!

—Tranquilo, que yo te enseño —le dice ella.

Y dándole una lupa, se lo lleva a investigar otro caso.

—Oye, y ¿qué hago yo con esto? —pregunta Manolín muy intrigado.

—Tú no te preocupes, que de resolver misterios ya me ocupo yo. Tú mira por la lupa y ya verás qué divertido.

Y así es, porque aquella es un lupa cinematográfica por la que se ven películas. Así que, mientras todos creen que Manolín va ayudando a Guadalupa, en realidad él está feliz viendo una peli de aventuras con dinosaurios y extraterrestres.

Como veis, no hay nada que una buena lupa no pueda solucionar.

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