Bajo el charco

En cuanto dejó de llover y salió un poco de sol, Alvarito fue a pedirle a mamá que le pusiera las botas de agua y salieran a pasear. La calle estaba llena de charcos, y en el camino que se veía desde casa había aún más. Charcos grandes y profundos, como a él le gustaban, y sabía que mamá le dejaría meterse en ellos e incluso salpicar un poco.

—Pero no corras —le decía siempre.

Él obedecía al principio, pero luego empezaba a coger velocidad y echaba a correr por la parte seca del camino. Y cuando ya estaba algo lejos y su madre lo miraba feliz de verle tan animado, se metía de nuevo en un charco y corría por él.

—¡Que te he dicho que no corras! —le gritaba la madre, aunque era un enfado muy ligero.

En uno de los charcos más grandes y profundos, mientras corría por el agua riéndose, pisó en falso y cayó de morros. «Vaya bronca me va a echar mamá», iba pensando mientras caía. Pero estos pensamientos desaparecieron de inmediato en cuanto su cara entró en el charco y descubrió que al otro lado de este había un mundo distinto. ¡Un mundo todo hecho de barro! Aquel charco debía ser una especie de pasadizo mágico entre mundos.

Era como mirar a través del cristal de una pecera. El mundo al otro lado del charco estaba hecho de casas de barro fresco, y por sus calles de barro caminaban hombres y mujeres de barro.

—Mamá, acaba de terminar el sol, ¿puedo ir a saltar en la tierra? —oyó decir a un niño de barro.

—Está bien —le respondió la madre, y le puso sus botas de plástico.

Los niños de barro llevaban botas de plástico igual que las suyas, pero le sorprendió que las madres les dejaban correr por los charcos y las zonas embarradas. Sin embargo, se ponían muy enfadadas cuando algún niño corría por las pocas zonas de tierra seca que había.

—¡Que no corras por la tierra seca! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Te vas a caer y te vas a quedar todo seco —refunfuñaban las madres de barro.

Estuvo mirando el mundo de barro unos segundos. Cuando estaba a punto de quedarse sin aire para respirar, se acordó de que su madre debía estar corriendo para llegar a donde estaba él, así que salió de inmediato. Tenía la ropa empapada y marrón, y la cara llena de fango.

La madre vino al momento y lo cogió en brazos. Él iba a contarle todo aquello, pero la vio con tal cara de enfado que pensó que sería mejor no decir nada. Se puso a llorar de mentirijilla, como hacía a veces, y su madre en vez de regañarle se apenó de él. Lo abrazó contra su cuerpo para darle calor, y lo llevó de vuelta a casa.

Al otro lado del charco, en el mundo de barro, un niño corría con sus botas de plástico por un trozo de tierra seca. La madre le gritaba enfadada. Entonces, por correr tan rápido, el niño se escurrió y cayó de boca.

Seguro que estás pensando que le sucedió algo parecido a lo del pequeño Alvarito, y que al caerse se asomó a este mundo nuestro y vio cómo los niños saltaban en los charcos. Pero no, porque se dio de bruces con el suelo, y la tierra seca no la puede uno atravesar como el agua, así que lo único que vio fueron las estrellas del golpe que se dio.

Cuando la madre lo cogió en brazos, estaba llorando, pero no era un llanto fingido como el de Alvarito, sino uno de verdad, por lo mucho que le dolía la nariz.

El mundo de barro es mucho más peligroso para los niños que este nuestro, no hay duda.

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