Uno mismo

Aquel era un camaleón asombroso. No se había visto nunca en el bosque a otro que tuviera tal capacidad de cambiar de color. Se ponía al lado de cualquier animal, o de un árbol, o en la tierra misma, y al instante su piel imitaba aquellos tonos con una precisión absoluta. Era un verdadero artista del camuflaje.

Al camaleón le gustaba mucho aquello de hacerse pasar por otros, y no descansaba nunca. Y como imitar el color del bosque era tan fácil para él, buscaba retos que fueran más complicados. Por ejemplo, en el otoño buscaba los lugares donde había montones de hojas de distintos colores, y se acostaba sobre ellas y era capaz de copiar todas y cada una de sus tonalidades con su cuerpo.

En una rara ocasión en que nevó en invierno, salió a pasear por una llanura de nieve para ver si era capaz de imitar aquel color tan blanco. Lo consiguió, y los demás animales, que no habían visto nevar antes, pensaban que aquello debía ser cosa de brujería, porque de pronto aparecían huellas en el suelo sin que se viera a ningún animal caminando.

Sucedió un día que el camaleón se cansó de jugar al camuflaje. Ya no le divertía cambiar de color, y quería ser de uno solo de ellos. Pero por más que lo intentó, no fue capaz. No quería ser del color de los árboles, pero cuando se subía en una rama, su cuerpo imitaba este de inmediato. No quería ser del color de la tierra, pero su cuerpo se volvía rojizo junto a las arcillas. Y cuando el suelo sobre el que caminaba estaba mojado después de las lluvias, se ponía de color marrón oscuro.

Se había pasado toda su vida copiando el color de los demás y no sabía cómo parar de hacerlo. Él quería tener su propio color como los otros animales y cosas, no tomar el de nadie, sino uno que pudiera decir suyo. Quería encontrar el color con el que nació y que tenía antes de haber desarrollado esa capacidad de camuflarse.

Se dio cuenta entonces de que no sabía cuál era aquel color. Es decir, que no tenía color, sino que los tenía todos y sólo sabía ser como aquello que le rodeaba. Quería ser él mismo, pero eso ya no era posible.

El camaleón se sentó muy triste en una rama, pero su cuerpo no cambió esta vez para copiar los tonos de sus hojas, sino que todo él se puso del color de la tristeza. Y a pesar que ahora podía vérsele sin dificultad, siguió siendo igual de invisible que siempre para los demás.

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