El árbol de los pájaros

—¡Ya no aguanto más a esos pájaros! —gritó el señor Alarrota mientras agitaba enfurecido los brazos.

Del gran tilo que había en el centro de su jardín salieron volando un montón de pajarillos.

Aquel era el árbol favorito de los pájaros del pueblo, y siempre estaba lleno de ellos. Pero el señor Alarrota odiaba los pájaros de toda clase y estaba harto de escucharlos a todas horas, así que ese día había decidido que había que cortar aquel tilo. Fue a su cabaña de herramientas, cogió una sierra y un hacha, y se puso manos a la obra.

Estuvo toda la mañana cortando ramas y más ramas, y cuando ya no hubo más ramas que cortar, el señor Alarrota cortó también el tronco, y así acabó con el árbol.

Cuando terminó su trabajo, el señor Alarrota escuchó el silencio de su jardín y se sintió satisfecho. Sin el árbol, los pájaros irían a otro lugar y ya no podrían juntarse frente a su ventana.

El señor Alarrota se levantaba ahora cada mañana y no escuchaba más que unos pocos trinos dulces, nada de aquella horrible algarabía de antes. Estaba encantado. Los animales, sin embargo, estaban muy tristes, en especial los pajarillos. Todos echaban de menos el tilo, y aunque podían refugiarse en otros árboles, ninguno de ellos era tan grande ni les parecía tan acogedor.

Un día, nada más amanecer, un mirlo fue volando hasta donde antes crecía el árbol. Llegó hasta lo que entonces era la parte más alta de la copa y se quedó posado allá arriba. Se posó en el aire, en la nada, sin rama ninguna que lo sostuviera, pero parecía que tuviese debajo de él un árbol invisible. Y desde allí, se arrancó a cantar para dar la bienvenida al día.

El mirlo volvió a la mañana siguiente para anunciar la jornada desde el mismo sitio, en el ápice invisible de un tilo que ya no existía, y siguió haciéndolo día tras día. Los otros pájaros, al verle, empezaron a regresar a su viejo árbol y fueron ocupando los lugares mismos en los que antes se posaban. Y todos quedaban suspendidos en el aire, como si sus patas estuvieran apoyadas sobre ramas invisibles que solo ellos podían ver.

Un gorrión trajo una ramita en su pico, y cuando la dejó caer, esta se quedó flotando cerca de sus patas. Luego trajo otra, después otra más, y así dio forma a un nido que quedó instalado en lo alto, como lo habría estado cuando el tilo todavía seguía en pie. Una pareja de palomas construyó el suyo algo más arriba.

Ahora los pájaros venían por docenas, se posaban, saltaban y anidaban sobre ramas invisibles. Cantaban felices y jugaban. Algunos picoteaban como si buscaran algo entre las hojas. Hojas, por supuesto, invisibles. Un pájaro carpintero se agarró al tronco invisible y allí comenzó a tamborilear sin que se escuchara ningún sonido.

Los nidos se llenaron de huevos, y de esos huevos salieron polluelos que aprendieron a volar lanzándose desde las ramas invisibles del árbol.

El señor Alarrota despertaba ahora con el piar de cientos de pájaros, cada día más, y volvía a salir al jardín lleno de rabia. Intentaba espantar a los pájaros, pero estos ya no le tenían miedo. Por mucho que gritara, no se iban, y seguían posados en el aire, como levitando. Entonces el señor Alarrota agarraba su hacha y golpeaba donde un día estuvo el tronco del tilo, pero allí no había nada y solo cortaba el vacío, y por encima los pajarillos seguían trinando como si tal cosa.

A veces, de repente, le caía en el pelo una hoja de tilo sin que él supiera de dónde venía.

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