El último billete capicúa

No hay otro en el mundo que pueda compararse a Román el coleccionista; ninguno es tan cuidadoso a la hora completar y guardar sus colecciones. Las tiene de todas clases: de sellos, de monedas, de cajitas de cerillas, de soldaditos de plomo…

La colección favorita de Román el coleccionista es la de billetes de metro capicúas. ¡Cuánto tiempo ha trabajado en ella! Coge el metro siempre que puede, y cuando no lo hace, a veces entra para husmear y ver qué numero es el que se reparte en ese momento. Y si queda poco para que salga un capicúa, espera y lo compra, y después viaja sin rumbo, de estación en estación, disfrutando la gloria de su nuevo billete capicúa. Luego vuelve a casa, busca el lugar exacto que le corresponde en el álbum, y allí lo coloca todo orgulloso.

A veces mira en las papeleras o en los billetes que la gente deja caer al suelo. Si es un capicúa, se lo lleva a casa. Si no lo es, se lo devuelve a su dueño.

—No sea usted tan maleducado y use la papelera, por favor —dice al devolver el billete.

Enterados de su afición, amigos y familiares le traen a veces algún billete capicúa, y así poco a poco ha ido consiguiéndolos todos.

A Román el coleccionista ya solo le queda un billete para completar su colección de billetes capicúas: el 45354. Hace meses que lo busca, pero siempre se le escapa. Ha pensado en apostarse frente a la taquilla del metro y contar la gente que llega, y así hasta que salga ese número, pero le parece demasiado forzado. También hay quien, sabedor de que lo busca, se lo ha ofrecido a cambio de dinero o de alguna pieza de sus otras colecciones, pero esto a él no le convence. Le gusta que sus colecciones crezcan de manera natural, porque cree que así tienen más mérito y son más hermosas.

Román el coleccionista empieza a perder la esperanza de conseguir su último billete. Encuentra muchos otros que ya tiene, pero ahora no le son tan valiosos. Solo hay uno que desea encontrar: el 45354.

Hoy Román el coleccionista pasa la tarde con su nieto. Juegan juntos, le cuenta una historia, van de paseo, y, cuando este se lo pide, le enseña sus colecciones. Y como se porta bien, incluso le deja que toque algunas de las cajas de cerillas, algo que no permite hacer a nadie más.

Se le ocurre que podría llevarle al centro. Es una excursión importante, y el nieto está que no cabe en sí de entusiasmo. Y además, irán en el metro, lo cual hace el viaje aún más emocionante.

Van por la calle de la mano, el nieto y el abuelo, y bajan las escaleras de la estación sonrientes y con aire triunfal. Al nieto le encanta estar con su abuelo, y al abuelo lo que más le gusta es pasar las tardes con su nieto.

Delante de ellos va una mujer con su hija. La niña le pide a la madre que le deje unas monedas para ser ella quien compre los billetes. La taquillera sonríe, coge las monedas, y le da a la niña los pequeños boletos y el cambio.

Cuando la madre coge después los billetes, se fija en los números: 45352 y 45353. Vaya, no les ha tocado un capicúa por los pelos.

—¿Has visto? —le dice a la hija enseñándole los números de los billetes—. Un poco más y nos sale capicúa. Le tocará a ese señor.

La niña mira hacia la escalera, por donde están llegando en ese momento Román el coleccionista y su nieto, y se encoge de hombros.

El nieto también quiere ocuparse él mismo de pedir, así que le pide a su abuelo el dinero y se acerca a la taquilla. Los compra, se los da al abuelo, y este le ve tan entusiasmado que solo piensa en pasarle la mano por el pelo y pellizcarle un moflete. Se guarda los billetes en el bolsillo sin mirarlos y le da la mano.

Román el coleccionista tiene ahora en su pantalón la pieza que más ha buscado en toda su vida, pero no lo sabe. Al llegar a casa, quizás se vacíe los bolsillos y descubra que allí está el número que buscaba. Y qué alegría la que se llevará al ver que por fin su colección está completa. Aunque también pudiera ser que a la noche, al quitarse la ropa, ponga el pantalón en el cesto de la ropa sucia con los billetes dentro y no sepa nada. Y la abuela los encontrará y le dará la noticia, o quizás no se fije en ellos y los tire a la basura.

Pero no, nada de eso sucede. Cuando llegan al centro, ven un puesto de helados, y aunque su nieto no se atreve a pedírselo, él sabe que le gustaría comer uno. Le dice que elija el sabor, y mientras tanto va sacando la cartera del bolsillo. Al hacerlo, se le asoman los dos billetitos de papel, y un soplo de aire se los lleva sin que se dé cuenta.

Allá va el billete 45354 revoloteando en el aire, alejándose cada vez más de ellos dos mientras el heladero sirve una bola bien redonda en el cucurucho.

—Gracias, abuelo.

Román el coleccionista guarda su cartera en el bolsillo, mira a su nieto feliz, y sonríe.

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