Papeles al viento

Los papeles llegaban siempre desde el este. Los traía el viento de la tarde, una brisa suave que llevaba volando folios como pájaros.

El lunes era el día de la poesía. Las hojillas eran pequeñas, como de libro de bolsillo, porque los poemas eran todos ellos breves y no hacía falta más. Sucedía lo mismo los martes, que eran los días de cuentos. Los niños recogían hojitas multicolores con ilustraciones y fábulas, y por las noches los padres se las leían en voz alta antes de dormir.

Los miércoles eran días de novela, y como una novela no cabe en una sola página, la gente se juntaba después de que llegaran las hojas para compartir lo que habían recogido e intentar completar los capítulos. A veces pasaban meses hasta que lograban reunir todas las páginas de un libro, y solo entonces lo leían de principio a fin.

Los jueves eran diarios o memorias, y a veces artículos como los que aparecen en los periódicos. Los viernes, teatro.

Los fines de semana eran diferentes. El sábado el viento traía papeles, pero estos no tenían nada escrito, eran solo simples cuartillas en blanco. La gente salía como de costumbre a recogerlas, y después escribía en ellas las historias que había estado imaginando durante el resto de la semana. El domingo el viento no traía nada, y desde las ventanas los habitantes del pueblo dejaban volar las historias que habían escrito el día anterior, con la ilusión de que así llegarían a otro pueblo y alguien se emocionaría con ellas.

¿De dónde venían aquellos papeles? ¿Por qué lo hacían de aquella manera? Nadie lo supo nunca. De hecho, nadie trató de averiguarlo. Tan solo los esperaban cada día, los recogían y los leían después. O escribían sus historias y las echaban a volar, como hago yo con esta mía, hoy domingo, desde la ventana de casa.

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