El gato con una vida
El gatito tenía apenas unas semanas cuando su madre lo llamó para hablar con él mientras lo miraba con cara de pena. El gatito siempre había sospechado que él no era como sus hermanos, y que había algo que lo hacía distinto, aunque no adivinaba lo que era.
—Es hora ya de que lo sepas —dijo su madre—. Algún día serás un gran gato, pero no tendrás siete vidas como los demás. Tú has nacido con solo una.
El pobre gatito se echó a llorar. ¿Qué clase de gato sería si solo tenía una vida? Y mientras él lloraba, sus hermanos, todos ellos con siete vidas, empezaban felices a descubrir el mundo.
De joven, el gatito fue siempre un minino temeroso e indeciso. Todo le asustaba, y no se atrevía a hacer nada que pudiera poner en peligro su única vida. Los demás podían permitirse un cierto descuido, pero él no. A él cualquier despiste podía costarle esa vida, y no tenía otras seis de recambio como ellos.
—¿Te vienes a jugar por los tejados? —le decían sus hermanos.
Pero el gatito prefería no aventurarse en las alturas, le parecía todo arriesgado y se quedaba en casa dándole vueltas a un boliche de lana.
Se hizo mayor y siguió siendo muy precavido. Sabía que había muchas cosas interesantes que hacer, pero no quería jugarse el pellejo por ellas, eso era algo solo para los otros gatos. Para ellos la vida era un salto con red, pero el pequeño gatito tenía que hacerlo todo con mucho cuidado, no había lugar para errores.
Un día se cruzó con un ratón que andaba husmeando por la casa. Corriendo se abalanzó sobre él y lo atrapó de un zarpazo. El pobre ratoncito estaba muerto de miedo.
—No me comas, por favor. Yo solo he salido a por un poco de queso, no hago nada malo.
Al gato le dio pena el ratoncillo, y como estaba tan preocupado con aquellos asuntos de la vida y la muerte, le daba apuro comérselo.
—No te comeré, pero respóndeme a una pregunta —le dijo.
—Lo que tú digas —respondió el ratoncillo todo asustado.
—¿Los ratones tenéis siete vidas?
El ratón lo miro con gesto incrédulo.
—No, claro que no. Eso es solo cosa de vosotros los gatos.
—¿Y te juegas tu única vida solo por comer un bocado de queso?
—¿Y qué voy a hacer si no? La vida de un ratón es un peligro continuo, pero uno se acostumbra. Si pensara en todos los riesgos que corro, me quedaría en mi agujero y me moriría de aburrimiento.
El gato dejó ir al ratón y este desapareció en un santiamén.
Esa misma tarde el gato salió a la calle y se subió a un tejado. Qué hermosa era la vista desde allá arriba, y qué de gatos amigos encontró en las azoteas.
Al día siguiente robó un pescado y tuvo que cruzar la calle sin mirar para escapar del pescadero. Y cuando se quiso dar cuenta, ya hacía lo mismo que los demás gatos.
—¿Has recuperado las vidas que te faltaban? —le preguntó uno de sus hermanos al ver que se comportaba de esa manera.
—No, sigo teniendo una. Por eso tengo que aprovecharla lo mejor que pueda.
Y según dijo eso, trepó hasta lo alto de un árbol y se instaló en una rama para poder ver el atardecer.