Historia de una montaña

La montaña, como todas las montañas, fue creciendo poco a poco. Empezó siendo no más que un pequeño montículo, y con el tiempo se fue alzando hasta ser la más alta de toda la región. Ya sabéis cómo funcionan estas cosas del relieve.

Todo esto llevó muchísimos años, claro, pero las montañas tienen una paciencia enorme, como la de ningún otro ser. Y mientras iba creciendo, soñaba con hacerse muy alta y mirarlo todo desde allá arriba, y también con que el resto del paisaje la contemplara a ella con admiración, igual que ella misma hacía con las que entonces eran las montañas más grandes.

La montaña, como digo, fue creciendo. La tierra se arrugaba y empujaba hacia arriba su cima cada vez más afilada. Los días en que había sido un simple cerro quedaban muy atrás, y ahora ya era la protagonista del relieve. Podía vérsela desde todos los lugares.

Incluso después de ser ya la más alta de todo el territorio, siguió creciendo al mismo ritmo. Ahora las nubes quedaban la mayor parte del tiempo por debajo de ella, y los pájaros rara vez pasaban por esas alturas. No crecían sobre ella ni árboles ni hierbas, y ningún animal se aventuraba tan alto. Solo algún escalador de cuando en cuando, pero apenas se quedaba en su cima.

No se escuchaba otra cosa que el viento, no había trinar de pájaros ni voces. Ser la reina del paisaje no era como lo había imaginado.

La montaña se sentía sola. Se acordaba de cuando era más baja y por ella paseaban toda clase de criaturas. De los árboles que crecían sobre ella y de cómo los animales se escondían entonces en ese bosque. Se acordaba de los nidos y los polluelos, y de las mariposas que se posaban sobre las flores. De las flores, sobre todo de las flores. Eso era lo que más echaba de menos.

La montaña estaba triste, pero, una vez más, solo era cuestión de paciencia. Y ya hemos dicho que no hay nada que tenga más paciencia que una montaña.

Año tras año, siglo tras siglo, la montaña ahora se fue desgastando. Se le derretía la nieve y al hacerlo arrastraba consigo un poco de su piel. De vez en cuando caía pendiente abajo alguna piedra, y eso le daba una alegría inmensa. Porque así, poco a poco, fue haciéndose más baja y recuperando sus colores, sus aromas, sus pájaros, su compañía.

La montaña era ahora una colina llena de vida a la que no le importaba haber perdido su altura. Ella antes pensaba que las colinas solo eran montañas que no habían tenido tiempo suficiente para crecer, pero descubrió que era al revés: las montañas son colinas jóvenes que todavía no han aprendido lo suficiente.

La colina ya no es más que una loma baja que sigue desgastándose lentamente, pero no echa nada en falta y se siente más feliz que nunca cuando los niños corren por sus senderos.

Y así, centímetro a centímetro, la montaña ya no es montaña ni tampoco colina, y un día desaparece y no queda de ella más que una pradera lisa. Al llegar primavera, se llena de flores.

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