Don Preciso

Don Preciso nunca llega tarde. Tampoco pronto. Llega a la hora justa, ni más ni menos.

Jamás se ha retrasado o adelantado ni un minuto, y no solo cuando queda con alguien o tiene una cita en el médico, sino incluso para celebrar su propio cumpleaños. Lo hace puntualmente cada 3 de marzo a las 6:33 de la mañana, pues esa es la hora a la que, según le contaron sus padres, había nacido. Sentado frente a su tarta, mira el reloj hasta que llega el minuto exacto, y solo entonces sopla las velas. Después se come un pedacito de tarta él solo, porque a esas horas tan tempranas todos sus amigos están aún durmiendo y no les viene bien ir a una fiesta de cumpleaños.

La exactitud de don Preciso es legendaria. Le gusta que todo se ajuste escrupulosamente a las cifras, y se pone muy nervioso cuando ve que la gente no es tan cuidadosa como él en esos asuntos.

Por ejemplo, si don Preciso va al mercado y pide un kilo de uvas, le gusta que le den exactamente un kilo, ni un solo gramo arriba o abajo.

—Perdone, pero ahí sobran dieciséis gramos —le dice al frutero—. Quite esas dos uvas y ese rabito, por favor.

Don Preciso, como no podía ser de otra manera, es un hombre muy elegante. Toda la ropa que lleva le sienta como un guante, porque la manda hacer a medida y no sobra ni falta ni un solo centímetro de tela.

Los miércoles por la mañana, a las nueve en punto, don Preciso va a desayunar al café de doña Teresa. Doña Teresa es una señora muy simpática y sonriente, pero absolutamente desastrosa. Se equivoca al cobrar y dar el cambio, trae siempre una cantidad de churros distinta a la que uno ha pedido, pone mermelada en la tostada cuando le piden mantequilla, se olvida de poner leche en el café cortado y la pone en el café solo, o le sirve a un cliente lo que otro ha pedido. Pero es tan agradable y sus pastelitos son tan deliciosos que tiene siempre el cafe lleno.

Y os preguntareis: ¿y cómo es que don Preciso va a ese lugar, si él es tan riguroso y tanto le molestan las imprecisiones? Pues, en primer lugar, porque, como he dicho, los pastelitos de doña Teresa son riquísimos. Pero sobre todo, porque ella es despistada hasta con los nombres, y casi nunca llama a ningún cliente como debe. Así que don Preciso pide un cafe y tres churros, y doña Teresa le trae un té con un panecillo, o quizás un chocolate con una magdalena, y le cobra cada vez una cantidad distinta. Y cuando se lo deja en la mesa, le dice:

—Aquí tiene su desayuno, don Precioso.

Y don Preciso no se queja, sino que se pone un poco colorado, sonríe, y piensa que algo de imprecisión, a veces, no está tan mal.

← · ↩ Índice · →