Sin eco

La llamaban la «colina del eco» y había un camino que subía por el bosque hasta lo alto. Decían que la vista desde allí era muy hermosa y, sobre todo, que cuando uno gritaba desde la cima la voz se repetía una y otra vez.

Él no había estado nunca arriba de aquella colina. A sus padres no les gustaba caminar por el bosque, y como mucho le llevaban a un merendero cerca de donde arrancaba la senda. Pero él quería escuchar aquel eco, así que una tarde, en lugar de ir a jugar con sus amigos, se fue a solas a la colina.

Llegó a lo alto y la vista era como contaban, pero allí no había rastro del eco. Por más que gritó y gritó, las otras colinas de alrededor no le devolvieron ningún sonido. Supuso que el nombre no sería más que eso, un nombre, y que quizás tuviera tras él una historia distinta que lo explicara. Porque estaba claro que allí no había eco.

—¿Dónde estuviste ayer? —le preguntó uno de sus amigos al día siguiente.

Él le contó su excursión, lo mucho que le había gustado la vista desde la colina, y también la decepción al descubrir que, a pesar de su nombre, en ella no había ningún eco.

—¿Cómo que no? Yo he estado varias veces con mi padre y vaya si hay eco. Nos pasábamos la tarde gritando tonterías —le respondió el amigo, y luego fue a buscar a un tercero que también conocía la colina y que confirmó que aquello era cierto.

Tuvo entonces curiosidad por volver. Quizás aquel día sucediese algo extraño, quién sabe. Tal vez el eco no funcionaba siempre igual. Sería mejor comprobarlo de nuevo.

Esperó un par de días y regresó a la colina. Esta vez había alguien más, un padre y su hija, y los dos hablaban bien alto y escuchaban después el eco. Sí, era verdad que resonaba como le habían contado, y el eco era claro y muy fuerte. Casi podía entender las frases completas que decían, como si hubiera otra persona escondida repitiendo cada palabra.

Esperó a que se fueran y después probó él.

—Ecoooooo.

Pero no hubo respuesta.

—Holaaaaaaaa.

Pero, una vez más, todo era silencio.

Y aunque siguió intentándolo unos minutos y gritando con todas sus fuerzas, no consiguió que las otras colinas le devolvieran ni una sílaba de cuanto decía.

¿Y si acaso él no tenía eco? ¿Y si su voz se la tragaba el paisaje y no la devolvía como las otras?

Volvió a casa y empezó a pensar en otros lugares donde resonara algún tipo de eco, por ver si era verdad que su voz no se reflejaba en ellos: el interior de una iglesia, el salón de actos del colegio como aquel día que entró en él por error y lo encontró vacío, aquella pequeña cueva que descubrió en un paseo. Fue a probar a todos ellos, y en todos sucedía lo mismo que en lo alto de la colina.

Recordó haber leído que los vampiros no se reflejaban en los espejos, y aquello le pareció algo similar. ¿Sería él una especie de vampiro que sí podía verse en un espejo (eso lo comprobó de inmediato para asegurarse), pero no escucharse allá donde otros sí oían sus voces reflejadas?

No dijo nada de ello a nadie. Pero en los lugares espaciosos donde sentía reverberar la voz de los demás, hablaba poco o lo hacía en voz muy baja, temeroso de que otros pudieran darse cuenta de que él no producía ningún eco.

Había algo extraño en su voz, era diferente, y esto le hacía avergonzarse cada vez más de ella. Y con el tiempo, se hizo más callado, casi silencioso, y dejó de hablar si no era necesario.

Cuando no estaba delante, los demás hablaban de él y recordaban cómo era en otro tiempo.

—Es una pena que ya no hable como antes —decían—, con la voz tan dulce que tiene.

—Sí, es verdad, es una voz muy bonita.

Y las colinas, las iglesias, las grutas en donde había probado su voz, todos esos lugares guardaban como un tesoro las palabras que en su día le habían robado a aquella voz tan hermosa. Tanto que no habían querido devolverla como las demás, y la habían guardado para poder escucharla siempre que quisieran.

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