Rayos

Cuando llegaban aquellas tormentas, las serpientes subían a los árboles para tener un mejor punto de vista, y allí se quedaban absortas mirando el cielo. Veían caer los rayos, las líneas serpenteantes sobre el firmamento, y pensaban que era una gran diosa serpiente hecha de luz, una serpiente luminosa y enorme que en esos días se aparecía ante ellas para revelarles alguna verdad. Y temerosas de no merecer la piedad de esta, inclinaban sus cabezas cada vez que el cielo se iluminaba.

Un ritual parecido era el de las lombrices, que salían de la tierra y se quedaban erguidas mirando el cielo, con la mitad de sus cuerpos aún en el suelo y la otra mitad fuera para observar el espectáculo. También veían su propia forma en cada relámpago, el trazo de aquellos pulsos de luz no dejaba lugar a dudas, y creían que era una diosa lombriz la que se arrastraba por la bóveda celeste dejando tras de sí ese rastro brillante.

Las aves, por su parte, creían que los rayos eran plumas celestiales, y que aquello era obra del dios pájaro de los alimentos, porque cuando el cielo se cubría de destellos, las lombrices asomaban como flores por entre la hojarasca y la comida era abundante. Después de que pasara la tormenta, cantaban con sus mejores trinos para agradecer la ofrenda.

Y los ratones, que pasaban el resto del tiempo escondidos y no se arriesgaban apenas a salir de sus madrigueras, creían que aquellas luces eran la ira de un dios ratón contra sus enemigos, porque cegaban a los búhos y hacían que las serpientes quedaran hipnotizadas en las copas de los árboles, y aquel era el único momento en que podían salir a recorrer el bosque sin peligro. Luego volvían a sus casas y allí rezaban a ese dios ratón, con la esperanza de que pronto trajera más lluvias y sembrara de nuevo el miedo entre los depredadores.

Solo los erizos, que nunca sintieron la necesidad de crear su propia mitología, no creían en nada ni interpretaban aquello de manera alguna. En las noches de tormenta, caminaban con sus parejas hasta algún claro, se sentaban juntos a observar bajo la lluvia y se miraban entre sí ensimismados a la luz tan blanca de los rayos. Y allí no había más dios que el otro ni más religión que la de ellos mismos.

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