Bajar el cielo

Adelita se tumbó en el jardín a ver las estrellas, pero le parecieron todas muy lejanas y diminutas. Le gustaría verlas más de cerca, aproximar un poco las galaxias y poder observar con más detalle algún planeta. ¿Y por qué no tratar de bajar un poco el cielo? A saber por qué lo habían pintado allí tan alto, si bastaba con ponerlo un poco por encima de la tierra y no hacía falta tanto espacio. Se puso en pie, cogió una linterna, y se marchó a buscar una manera de bajar el cielo.

Mira tú por dónde, en un rincón del bosque fue a encontrar lo que buscaba. El mecanismo era bien sencillo, apenas una manivela que hacía un ruidito como el cricrí de un insecto. La giró un par de vueltas y se dio cuenta de que aquel no era el sentido correcto: toda la bóveda celeste se alejó aún más, y solo se veían las estrellas más brillantes. La luna era no más que una uña de luz.

Giró la manivela en el otro sentido y dejó el cielo a la distancia que le pareció adecuada, aún con amplitud suficiente pero con todo más al alcance de la mano. Y qué hermosos lucían los planetas ahora, y qué impresionante ese cielo, tan iluminado y a la vez tan negro, porque se veía su oscuridad tan cerca que uno casi podía tocarla.

En el otro lado de la Tierra, sin embargo, el cambio no fue bienvenido de igual manera. De pronto el cielo estaba demasiado cerca y no quedaba entre él y el suelo espacio suficiente.

Los aviones no podían elevarse como de costumbre y volaban más bajos, llenando todo con su ruido. El sol estaba ahora tan cerca que el calor era sofocante, aunque, para compensar, las sombras eran más largas y la gente iba presurosa a refugiarse bajo ellas.

Un globo aerostático que llevaba turistas a ver la ciudad desde el aire quedó bloqueado contra el cielo igual que el globo que suelta un niño y queda sujeto contra el techo. Los pasajeros pidieron la devolución de su dinero, porque, según dijeron, aquella altura no era suficiente para apreciar la ciudad en todo su esplendor y esperaban algo distinto.

A mitad de la tarde, Celedonio se dio cuenta de que, con aquel calor, se le estaban secando los rosales de su terraza.

—Esto no puede ser —dijo mientras le quitaba a una flor unos pétalos mustios.

Y sin perder ni un instante, salió a buscar la manera de volver a alzar el cielo como quien alza un telón.

Lo encontró al final de un callejón, casi por casualidad. Una manivela de madera gastada sujeta en un muro de piedra. Le dio vueltas con tal emoción que levantó el cielo demasiado alto, y para corregir tuvo que dar después un par de ellas en sentido contrario. Y cuando estuvo satisfecho y le pareció que había quedado todo igual que antes, se volvió a casa a regar sus macetas.

Al otro lado del mundo, las estrellas volvieron a perderse en la inmensidad del universo. A Adelita aquello ya no le importó, porque ni siquiera se dio cuenta de ello. Hacía horas que dormía a pierna suelta y soñaba con galaxias luminosas.

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