Pan

El señor Antúnez no da de comer pan a las palomas, sino al contrario: da de comer palomas al pan. El señor Antúnez tiene como mascota una hogaza muy peculiar, y cuando esta tiene hambre la lleva a la plaza en una talega de pan muy cómoda y mullida, se sienta en un banco, y la saca para ponerla sobre sus rodillas. Las palomas vienen entonces hacia él convencidas de que ha llegado su hora de comer, y el señor Antúnez deja su hogaza en el suelo. Y cuando aquellas se acercan a picotear, la hogaza, que es muy voraz y tiene gran apetito, abre de pronto una boca enorme con dientes hechos de corteza de pan seca y se merienda un par de ellas sin dejar ni una pluma. Las demás salen volando asustadas, y la hogaza vuelve a parecer un simple trozo de pan inerte esperando a que alguien corte de ella una rebanada y le ponga un poco de queso encima.

Como sabe que la gente no va a entender que tenga una mascota de esta clase, el señor Antúnez suele sacarla a comer a primera hora del día, cuando no hay apenas nadie en la calle. Después recoge el pan, se lo queda sobre su regazo y le hace mimos. Acariciarlo no es muy agradable, pero está tierno y le gusta que le aprieten con cuidado por la parte de abajo, que el señor Antúnez supone que habrá de ser como la tripa en los gatos o los perros.

La hogaza, claro está, no habla, pero el señor Antúnez la entiende de la misma manera que otros entienden a sus animales de compañía. Y en el fondo no le parece tan mal que vaya por ahí comiéndose palomas de aquella forma, porque las palomas se comen a su vez el pan, y su hogaza no hace sino tomar venganza por todas sus compañeras desmigadas y devoradas por estos pajarracos glotones.

Algunos días, en lugar de a la plaza, el señor Antúnez lleva a su hogaza al estanque del parque, lleno de carpas. Cuando lo intuyen llegar, los peces se arremolinan a la espera de unas migajas, pero en su lugar el buen hombre les echa la hogaza entera. Y antes de que tengan tiempo de acercarse a darle un mordisco, el pan abre una boca como un tiburón y se traga un par de ellos. Después queda flotando y el señor Antúnez lo recoge con cuidado y lo pone al sol para que se seque, porque ya se sabe que el pan cuando está húmedo cría moho y eso no es bueno para la salud.

A veces, para la cena, el señor Antúnez se fríe un par de huevos y deja las yemas bien líquidas y jugosas como a él le gusta. La hogaza lo mira desde el otro lado de la mesa y él cree verla entreabrir la boca, igual que hacen los perros para enseñar los dientes cuando están alerta. Y al señor Antúnez no le queda más remedio que comerse el huevo con cuchillo y tenedor, tan elegante él pero sin nada que mojar en esas yemas, y piensa que quizás fuera mejor tener un gato o un perro como el resto de la gente.

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