Gusanos

El primer gusano se instaló en una manzana. Era una manzana aún fresca y crujiente, y le pareció perfecta para tener allí su hogar. «Es el sueño de todo gusano», se dijo. Así que comenzó a morder y en unos minutos ya había llegado al corazón de la fruta. Satisfecho, se dispuso a vivir allí el resto de sus días.

El segundo gusano andaba buscando también una manzana, pero se le ocurrió que aquello era demasiado vulgar. Sus padres habían vivido siempre en una manzana, y también todos sus amigos, pero él quería ser diferente. «Puedo aspirar a algo más, no quiero ser como todos los demás» pensó. «Nos enseñan que los gusanos debemos vivir en una manzana, pero, ¿por qué no hacerlo en otra fruta».

Con esta idea en la cabeza, comenzó a buscar un lugar distinto en el que asentarse, y pronto encontró uno que le satisfacía: un melocotón. Comió hasta llegar a su centro y se sintió feliz de hacer de aquel rincón su hogar.

El tercer gusano quiso ser aún más ambicioso. Por supuesto, no iba a vivir en una manzana como los demás, pero un melocotón también le parecía poca cosa. En el fondo, no era tan distinto de una manzana, y él quería algo más exclusivo. Iba pensando en ello sin saber bien qué hacer, cuando de pronto encontró la solución: un coco.

Bien es cierto que para un gusano no resulta fácil acceder al interior de un coco, y quizás por eso no había oído nunca hablar de ninguno que habitara en una de tales frutas, pero no había duda de que era algo de lo más exclusivo. Y sin pensárselo dos veces, empezó a mordisquear la corteza. No fue una tarea sencilla, pero al cabo de unas horas llegó a la carne, y desde allí al espacio vacío de su interior, lleno con la leche del coco.

«Esto sí que es una casa lujosa», se dijo con orgullo. «Es una auténtica fortaleza, hay espacio de sobra, y además tengo incluso piscina privada». Y allí se echó a dormir feliz después de tanto trabajo.

El cuarto gusano supo de aquello y no quiso ser menos. Antes le habría bastado con una manzana, pues eso era lo que durante toda su vida le habían dicho que debía hacer, pero ahora, viendo a los demás, se dijo que él era un gusano mejor que el resto y necesitaba un hogar a su altura.

Anduvo buscando y no encontró nada, solo otras manzanas y melocotones. No había más cocos, pero, incluso si hubiera encontrado uno, no habría hecho el esfuerzo de instalarse en él. Era demasiado trabajo, y además ya no era algo novedoso. En eso estaba cuando apareció enorme ante él la solución a su problema: una sandía.

Se puso a comer y comer, y al cabo de un rato ya había excavado una docena de túneles y cámaras. Tenía un salón, una habitación, un cuarto de invitados, y un puñado de otras salas que no sabía siquiera para qué le servirían. «Vaya mansión», pensó. «Tengo más habitaciones de las que necesito, y aún me queda espacio para más si hiciera falta. Y qué fresco se está aquí dentro, nada que ver con él calor que hace en verano dentro de una manzana».

Quedaba un último gusano y aquel tampoco tenía casa. Pero este no quiso buscar un hogar, sino que prefirió deambular por el suelo y cobijarse bajo las frondas. Se arrastraba con sigilo y siempre miraba que no hubiera pájaros alrededor.

Los otros le miraban con superioridad desde sus casas grandes o pequeñas, sus manzanas, melocotones, cocos o sandías, y pensaban que aquella era una vida triste y aquel un gusano holgazán y sin futuro.

Pero cada noche, el gusano sin fruta excavaba un pequeño agujero en la tierra y se echaba a dormir. Y al hacerlo, imaginaba que el mundo era una fruta enorme y redonda, y se compadecía de esos otros gusanos en sus minúsculas casas.

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