El niño que lloraba galaxias
En aquel entonces el universo era aún pequeño. Se podían contar las estrellas en el cielo nocturno y las constelaciones no existían.
El pequeño Leo, como todos los niños, nació llorando. Los que esa noche miraban al cielo vieron aparecer un punto brillante que no recordaban haber visto antes, y cada cual inventó una explicación para ello.
En los días sucesivos, nuevas estrellas aparecieron sin que nadie supiera el porqué. Y a veces, no era solo una de ellas, sino un puñado de motas luminosas, todas en el mismo rincón de la bóveda celeste.
Los primeros que se dieron cuenta fueron, lógicamente, los padres de Leo. Cada vez que el niño lloraba, al instante aparecía una estrella. Y si el llanto era más intenso, aparecían varias. No había lugar a dudas: el llanto de su hijo hacía nacer luceros y pequeñas constelaciones.
No dijeron nada a nadie, pero cuando Leo creció, otros no tardaron en darse cuenta. Le pedían que les hiciera brotar una estrellita, pero como él no podía llorar sin más, le hacían toda clase de cosas feas para que se sintiera triste y así soltara alguna lagrimilla. Sus compañeros del colegio empezaron a portarse mal con él.
—¿Ves esa estrella de allí tan brillante? Esa es del día en que no le invité a mi cumpleaños —llegó a presumir uno de sus antiguos amigos.
El pobre Leo ya no quería jugar con los otros niños ni ver a nadie. Se quedaba en casa, porque sabía que, si salía, alguien intentaría hacerle llorar. Pero se sentía solo y, algunas tardes, también lloraba por no tener con quien jugar. Los demás, jugaban a adivinar si había aparecido alguna nueva estrella esa noche.
El día en que Leo conoció a Lea, el cielo ya tenía suficientes estrellas como para que no fuera fácil contarlas, pero aún faltaban casi todas las que hoy conocemos. Lea era una niña muy sonriente que vino a vivir en la misma calle que la familia de Leo. Se cruzaron por casualidad mientras él iba de paseo con su madre, y ella le invitó a venir a su casa. Esa misma tarde los dos jugaron durante horas y se hicieron muy amigos.
Lea era divertidísima, no paraba de hacer bromas y se le ocurrían las ideas más locas. Tan divertida que a veces Leo acababa llorando de la risa cuando jugaban juntos. Y aunque ni él ni ella se dieran cuenta, porque mientras jugaban solo se miraban el uno al otro, cuando Leo lloraba de la risa aparecía en el cielo no una estrella solitaria, sino una galaxia al completo.
Leo y Lea pasaron juntos toda la vida. Ella le hizo llorar de risa y también de felicidad, y cada vez que eso sucedía, el universo ganaba una nueva galaxia.
Entre los dos, llenaron el cielo hasta dejarlo como hoy lo conocemos.
Leo perdió a Lea una noche de cielo claro, cuando los dos eran ya muy mayores, y de lo que lloró entonces nacieron las estrellas más brillantes. Lloró esa noche y las que vinieron después, y cuando más tarde él mismo murió, el cielo dejó de llenarse y no ha cambiado hasta hoy día.
El final de esta historia es algo triste, lo sé. Hay quien no puede evitar soltar una lagrimilla al leerlo. Si tú eres de esos, mira hacia arriba y busca por si acaso encuentras algo diferente. Quizás hayas hecho aparecer una nueva estrella, quién sabe.