La primera naranja

En la plaza de Jamma el Fna de Marrakech, los vendedores de zumo de naranja exprimen estas ante los ojos del comprador y le despachan el jugo más delicioso de todo Marruecos. Hay muchos, jóvenes y viejos, y ni se sabe la cantidad de naranjas que cortan y exprimen cada día.

Uno de esos vendedores, un señor mayor que llevaba ya muchos años regentando su puesto, se hizo esta pregunta una mañana mientras esperaba a su primer cliente: ¿Cuántas naranjas habré cortado a lo largo de mi vida? Y como le gustaban los números, se propuso calcularlo.

Aquel día, contó cada naranja que utilizó, y lo mismo hizo en los días siguientes. Con eso, ya tenía una idea de cuántas naranjas cortaba más o menos cada jornada. Después, ya en casa, calculó los días que trabajaba al año y el número total de años que hacía desde que empezó en aquel oficio. Y con aquello, ya pudo estimar el total de naranjas que habían pasado por sus manos. Era una cifra gigantesca, algo impresionante.

Al día siguiente, cuando se juntó a tomar el té con los amigos al final de la tarde, le sumó a aquella cifra las naranjas de esa jornada, y les dijo que acababa de exprimir su naranja numero tropecientos.

Todos se quedaron sorprendidos. Qué cantidad más descomunal. Pero las cifras del vendedor cuadraban, así que no estaba mintiendo. Al día siguiente, los otros vendedores se pusieron a hacer sus propias cuentas, también con resultados colosales, y las ponían en común para asombrarse todos ellos de la cantidad de fruta a la que le habían sacado su jugo durante sus vidas. Algunos incluso escribieron sus números correspondientes en una pizarrita que decía cosas como «Compre en nuestro puesto. ¡Más de X naranjas exprimidas desde 1950!», e iban actualizando esa X cada día ante el asombro de los turistas.

Aquel juego de los vendedores de zumos se extendió a los demás comerciantes de la plaza. El vendedor de almendras garrapiñadas, un anciano centenario que despachaba su dulce mercancía en cucuruchos de papel con un pulso débil, contó las almendras que añadía de media en cada cucuruchito, los cucuruchos que vendía al día, y el número de años que llevaba trabajando. Como era tan viejo y las almendras son más pequeñas que las naranjas, le salió un resultado que hacía que los de los vendedores de zumo parecieran ridículos.

Pero el ganador indiscutible fue el vendedor de especias. Tuvo a su familia durante una semana contando las pequeñas motitas de polvo que había en un solo gramo de su preparado de especias para cuscús, y, con cálculos similares, estimó cuántas de esas minúsculas motas había vendido a lo largo de su carrera. Era un número tan grande que nadie sabía ni cómo llamarlo, para orgullo del vendedor.

Aquel era un juego tonto, pero les entretenía buscar los números más exagerados.

Una tarde, se unió a los comerciantes a la hora del té un joven que acababa de empezar como vendedor de zumos, sustituyendo a un hombre ya demasiado viejo que se había jubilado. Había sido un mal día para él. Nada más empezar, el exprimidor se le había roto, y había pasado el resto del tiempo reparándolo.

Escuchó a los otros hombres contar cada uno sus números, y aunque no supo muy bien a qué venía aquello, le pareció gracioso y quiso participar.

—Pues yo hoy he exprimido mi primera naranja —dijo algo azorado—, y ni siquiera he podido sacarle el jugo a una segunda, porque se me ha estropeado el exprimidor.

Bajó la cabeza esperando que fueran a reírse de él, pero de pronto todos se quedaron en silencio. Se habían olvidado de sus grandes números, de los muchos años que llevaban haciendo lo mismo, y se acordaban ahora de cuando eran como aquel muchacho y empezaban a vender sus productos en la plaza. La primera naranja… qué lejano sonaba aquello.

Uno de los vendedores de zumo recordó a su padre, que le exprimía de niño un vaso cada mañana. Otro se acordó de cómo hablaba con la gente entonces cuando les vendía su jugo, una costumbre que con los años había perdido. Y otro recordó el ambiente de la plaza en aquellos tiempos, muy distinto del de ahora.

El vendedor de almendras garrapiñadas se acordó de su primer cucurucho, que regaló a una chica con el pelo muy moreno de la que estaba perdidamente enamorado. Y al de las especias le vino a la memoria lo bien que olía el cuscús que preparaba su madre, a la que, cuando él aún era un vendedor novato, le llevaba cada semana un saquito con sus mejores especias.

El joven se quedó sorprendido al verles a todos tan silenciosos y con esas miradas agridulces.

—Tranquilo —le dijo otro vendedor de zumos—, no tengas prisa. Tienes aún tiempo de sobra para exprimir muchas naranjas.

Y según lo decía, una lagrimita de color anaranjado se le escurrió por la mejilla.

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