Hacia atrás
Aquella mañana las hormigas comenzaron a caminar hacia atrás. Algo extraño había sucedido que las hacía moverse de espaldas en lugar de hacia el frente, de la manera habitual.
A pesar de la sorpresa, siguieron desfilando como de costumbre y aplicándose a sus tareas, aunque, eso sí, con algo más de torpeza y lentitud. Largas hileras de hormiguitas atravesaban el campo, con la diferencia de que ahora se movían en sentido contrario al que cabría esperar.
Esto intrigó mucho al caracol, aunque mayor aún fue su desconcierto cuando quiso acercarse a mirar lo que sucedía y vio que también él avanzaba hacia atrás. «Ahora además de ser lento me muevo al revés», dijo lamentándose.
Nada más abrir un ojo, el zorro se sintió hambriento y pensó que era hora de buscarse algo de desayuno. Vio a lo lejos un conejo y echo a correr hacia él, pero cuál no sería su sorpresa cuando se dio cuenta de que se movía en sentido contrario y se alejaba de este. Así no iba nunca a atraparlo. Dio media vuelta y fue hacia él de espaldas, con la cabeza girada para no perderlo de vista mientras —ahora sí— se aproximaba sigilosamente a su presa.
El conejo lo vio y echó a correr de inmediato. Pero como también corría hacia atrás, resultaba que se iba acercando e iba directo a caer en las garras del zorro. Por suerte, se dio cuenta de aquello rápidamente, dio la media vuelta correspondiente, y siguió escapando, esta vez en el sentido correcto.
También el caballo se llevó una sorpresa esa mañana al ponerse en marcha. Vio el amanecer y quiso galopar hacia el sol, pero se dio cuenta de que en lugar de ello se iba alejando. Y antes de ponerse en movimiento, quiso encabritarse y ponerse sobre las patas traseras para saludar al día, pero se encontró con que lo hacía sobre las delanteras, y del susto casi pierde el equilibro y cae de morros contra el suelo.
Más difícil aún lo tuvieron los pájaros. Desde las ramas en las que habían dormido, echaban a volar, pero sus saltos no eran hacia la libertad de los cielos, sino hacia el interior del árbol. Solo cuando entendieron que ahora todo funcionaba al revés y se movían hacia atrás, se pusieron de espaldas y así saltaron al vacío, y a duras penas consiguieron mantener el vuelo. Como volar de aquella manera era difícil y peligroso, pronto decidieron que sería mejor ir por el suelo. Aterrizaron torpemente y se quedaron en tierra, moviéndose a saltitos como cuando van en busca de algo que picotear. Saltitos que, por supuesto, eran hacia atrás en lugar de hacia delante.
El cangrejo despertó y quiso dar un paseo por la arena. Para su sorpresa, echó a andar hacia el frente, algo que nunca antes había sido capaz de hacer. «Por fin puedo caminar como es debido», se dijo. Y al ver una gaviota pasear por la arena marcha atrás, le entró la risa y se sintió aún más alegre.
A la señora cangrejo le sucedió lo mismo. Igual que cada mañana, se dispuso a ir a ver a su pareja el señor cangrejo. Esta vez, sin embargo, tuvo que hacerlo de frente, porque también ella había comenzado de pronto a caminar como el resto de animales. «Vaya sorpresa. Y yo que pensaba que nunca iba a ser capaz de andar así», dijo con evidente satisfacción.
La señora y el señor cangrejo se aproximaron sin perderse de vista, mirando cada cual en el sentido de la marcha por primera vez y observándose cara a cara mientras lo hacían. Y qué emoción aquella de perderse en la profundidad de la mirada del otro según iban a su encuentro. ¡Cuántas veces habían soñado con poder hacer aquello!
Mientras el resto de animales se preguntaba la razón de aquel cambio, el señor y la señora cangrejo se preocupaban solo de mirarse y disfrutar el uno junto al otro. ¿A quién le importaba qué fuerzas extrañas hubieran provocado aquello? ¿Qué más daba todo lo demás si ahora podían acercarse sin dejar de mirarse? Y cuando se hubieron mirado lo suficiente, se dieron la pinza y se fueron a pasear, observando el hermoso paisaje que se extendía delante de ellos.