El cielo y el lago
Una noche de verano, el cielo se cansó de prestarle al lago sus estrellas y su luna. Se veían tan hermosas reflejadas sobre el agua que todo el mundo las prefería allí, en la superficie, y en lugar de alzar la vista miraban hacia el lago y se quedaban contemplándolo.
«No es justo», pensó el cielo. Y a la noche siguiente se guardó las estrellas y los cuerpos celestes, escondió la luna en la otra cara del mundo, y la noche quedó completamente oscura.
La gente que salió a pasear no veía nada más allá de sus manos. Los insectos buscaban desesperados un fanal por el que guiarse, pero no encontraban más que negrura.
Guiadas por el frescor del agua, las luciérnagas empezaron a sobrevolar el lago. Los peces, despistados con tanta oscuridad, veían sus brillos y subían veloces a la superficie, y allí la luz de los insectos se reflejaba en sus escamas y parecía titilar como un lucero distante.
Fue así que el lago volvió de nuevo a centellear a la manera de un cielo estrellado, y todos los que se asomaban a la noche en los alrededores lo admiraban aún más que antes, por ver que el cielo estaba vacío y aun así las aguas estaban pintadas de luz igual que entonces.
El cielo tuvo envidia y quiso volver a sacar sus luces, pero pensó que, por una vez, quería también ser él como un espejo y copiar la belleza de otros, así que no hizo más que tomar prestados todos esos brillos del lago y dejar que se reflejaran en el firmamento.
La gente entonces volvió a mirar hacia lo alto. Señalaban maravillados la bóveda celeste, como si tras esos días de oscuridad total hubieran olvidado la profundidad del universo. Y el cielo se sintió bien y volvió a encender sus constelaciones, y aquella noche además trajo una luna llena más grande que nunca.
En la orilla, un niño tiró una piedra, y una pequeña onda echó a correr por la superficie del agua. El cielo respondió con una estrella fugaz.