El náufrago y el árbol

Desde la playa del pequeño islote, el náufrago veía hundirse los últimos restos de su barco. No había nadie más con él. Toda la tripulación se había ahogado.

Cuando pasó la tormenta, decidió recorrer la isla. Era poca cosa, pero encontró árboles con cuyas ramas podría hacerse una cabaña y unos cuantos cocoteros de los que podría comer. Partió un coco y le pareció delicioso. De hecho, le pareció tan bueno que olvidó de inmediato la poca comida que había salvado del barco en una bolsa, y que no consistía más que en una manzana y un poco de pan. El pan se lo comieron los pájaros y la manzana cayó al suelo y se pudrió.

Pasaron los meses y el náufrago se acostumbró a sus rutinas. Se hizo un arco y unas flechas, y aprendió a cazar pequeños animales. Por las tardes, se daba baños en la playa mientras veía atardecer. Sobrevivir ya no era un problema, pero se sentía solo, y no tenía esperanza de que nadie lo recogiera. De la manzana había nacido un pequeño manzano al que le empezaban a salir ya las primeras hojas.

Siguió pasando el tiempo, y el náufrago echaba cada vez más de menos un poco de compañía. Aborrecía ya el sabor de los cocos, detestaba la playa. Habría dado lo que fuese por volver a ver a sus amigos, pasear por su ciudad, probar su comida de siempre.

Una mañana, se dio cuenta de que el manzano tenía una pequeña manzanita. Aún no estaba madura, pero faltaba poco.

Días más tarde, pasó por delante del árbol y vio la manzana, ahora ya en su punto. La cogió y le dio un mordisco. Al instante, aquel sabor le trajo de vuelta el recuerdo de su anterior vida. Recordó el frutero de su cocina, las montañas de fruta en el mercado de la ciudad, el olor de las tartas de manzana que a veces preparaba en el horno. Y con ello vinieron de pronto todos los olores y sensaciones de esos días ahora tan lejanos. En lugar de entristecerse más y ponerse melancólico, se sintió feliz, como si por un momento hubieran venido a salvarle de su soledad y estuviera de vuelta en su viejo hogar.

El árbol creció y dio cada vez más manzanas. Él las guardaba como un tesoro y cuando las comía volvía por un momento a casa.

Para combatir la soledad, empezó a hablar solo, pero al poco tiempo ya no se hablaba a sí mismo, sino al árbol. Y a cambio de cada manzana, compartía con él un chorrito de sus reservas de agua de lluvia.

El náufrago ya era anciano cuando un día, mientras miraba aburrido al horizonte, creyó ver un barco a lo lejos. Hacía tiempo que había perdido la esperanza de que lo rescataran, pero por un instante volvió a creer que tendría suerte. Encendió de inmediato un fuego y se sentó a observar sin despegar la vista de aquel punto negro.

Efectivamente, era un barco, y además le habían visto y venían hacia su islote. Dos hombres llegaron en un pequeño bote. Resultaron ser amables y le dijeron que lo llevarían con ellos de vuelta a la civilización.

—Suba a la barca, amigo.

El náufrago miró a la pequeña embarcación.

—Pero ahí no cabemos todos —les dijo.

Los hombres se miraron sorprendidos. Había espacio de sobra para los tres.

—Tenemos que meter también el árbol —aclaró señalando al manzano.

Estuvieron discutiendo durante unos minutos. Los marineros estaban convencidos de que, después de tantos años de soledad, el náufrago había perdido la cabeza, pero aun así intentaron hacerle entrar en razón. Sin embargo, este no cedía e insistía en que había que llevar también el manzano.

—Ni siquiera tenemos palas en el barco para desenterrarlo.

—Si me esperan, yo mismo lo desenterraré con mis manos.

Al final, desistieron, y el náufrago les miró con tristeza.

—Lo siento, no podemos ayudarle. ¿Seguro que no quiere venir?

El náufrago negó con la cabeza.

—No se preocupen. Seguro que pronto pasa otro barco.

Los hombres subieron al bote y se alejaron remando.

Desde la orilla, el náufrago los vio perderse mar adentro mientras mordía una manzana.

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