Fábula del árbol viajero
El árbol odiaba a las hormigas, a las lombrices, a los escarabajos. Odiaba más todavía a los zorros y a las ardillas. Y más que a estos, odiaba sobre todo a los insectos voladores y a los pájaros. El árbol odiaba a todas las criaturas capaces de moverse, y su odio era más intenso cuanto más veloces y libres fueran estas.
Por supuesto, era todo cuestión de envidia. Pensaba que era una gran injusticia que él tuviera que estar allí plantado y sin poder moverse, mientras otros podían caminar o incluso volar para explorar el mundo.
Lo de volar estaba claro que era algo imposible, porque no tenía alas, pero quizás andar no fuera tan descabellado. A fin de cuentas, era capaz de sostenerse en pie y tenía raíces fuertes que podrían servirle de piernas. Aún era joven, su cuerpo no era demasiado leñoso, y se dijo que era el momento idóneo para intentarlo. Aprendería a caminar y saldría a ver mundo.
Todos los días entrenaba un poco. Al cabo de una semana, consiguió mover la punta de una raicilla. Al cabo de un mes ya podía hacer cosquillas a los topos que pasaban por debajo de él. Un día fue capaz de sacar toda una raíz a la luz, y poco después logró sacarlas todas y quedar fuera de la tierra, listo para empezar a andar.
Al principio lo hacía con torpeza. Cada noche, cuando nadie podía verle, daba un paso y aquello le fatigaba muchísimo, pero le llenaba de ilusión el pensar que pronto podría caminar con soltura y emprender viaje. Y así, paso tras paso, acabó llegando al borde del bosque, y cuando lo hizo era ya capaz de caminar con toda soltura, más o menos a la misma velocidad que una persona.
El primer lugar al que se dirigió fue a lo alto de una colina. Era una colina desnuda en la que no crecía ningún árbol, y siempre había soñado con observar el paisaje desde allá arriba. Exhausto, alcanzó la cima poco antes de que saliera el sol, y pudo contemplar un amanecer como nunca antes lo había visto. Luego se agarró con sus raíces a unas rocas y se quedó dormido.
Quienes miraron esa mañana hacia la colina se sorprendieron al verla coronada por un árbol. No recordaban que fuera así antes, pero, por supuesto, no imaginaban que el árbol había llegado la noche anterior hasta allí por su propio pie, así que pensaron que les fallaría la memoria. Más aún se sorprendieron cuando al día siguiente vieron que ya no había en la cima ningún árbol, y para esto ya no fueron capaces de encontrar una explicación.
El árbol continuó su viaje y recorrió así los bosques de todo el país, y continuó después más allá, explorando los de otras latitudes. Se encontró con árboles y plantas muy distintas a las que conocía, y con climas que antes ni hubiera podido imaginar. Llegó incluso a los desiertos y a las nieves de las montañas, y le pareció increíble que otras plantas pudieran sobrevivir en esas condiciones, allá donde él no era capaz de quedarse ni un solo día sin morir de sed o de frío.
Cuantas más cosas nuevas veía, más le fascinaba el mundo, pero echaba de menos los árboles que había conocido cuando apenas era un arbusto, y se sentía extraño entre aquellas plantas tan distintas a él. La tierra en la que hundía sus raíces para beber y comer le traía sabores exóticos, pero añoraba los de esa tierra suya en la que un día germinó la semilla de la que él venía. Un día, vencido por la nostalgia, emprendió el camino de vuelta.
Se encontró de nuevo rodeado de árboles parecidos a él, y regresó a los relieves que tan bien conocía. Subió una vez más a aquella colina desnuda, y desde allí vio otro amanecer como el de entonces.
—Ha vuelto a suceder. De la noche a la mañana ha aparecido un árbol en la colina —decían las gentes sin poder creerlo.
Pero a la mañana siguiente la colina volvía a estar desnuda, porque el árbol había continuado su camino y estaba ya en su lugar de origen, bien enraizado en su tierra de siempre.
Llegó la primavera y, por primera vez, el árbol dio flores. Y después de estas, unas semillas aladas que salieron volando con el viento de la tarde y se perdieron de vista. Imaginó que las semillas llegaban a alguno de esos bosques remotos que él había conocido, y que allí comenzaban una vida tan feliz como la suya.
El árbol comprendió entonces que ya no quería ver mundo, sino quedarse en aquel rincón del bosque. Y que no había para él mejor viaje que el que hacía a través de aquellas semillas, capaces de volar y de llegar aún más lejos de lo que él había podido hacerlo por sí mismo.