Caracola
El hombre vio la caracola tirada en mitad de la playa, se acercó hasta ella y la recogió. Luego se la llevó al oído y comprobó que, al igual que en todas las caracolas, en aquella también resonaban el mar y el oleaje.
«Me la llevaré a casa, y así podré escuchar el sonido de las olas cuando quiera», pensó. Puso la caracola en su mochila y siguió caminando.
En la caracola se había instalado un cangrejo muy pequeño. Era tan pequeño y estaba metido tan al fondo de la concha que el hombre no lo vio. Al notar que movían su casa, el cangrejo se metió más al fondo aún y no salió de allí en mucho tiempo, hasta que estuvo seguro de que no habría más movimiento. Para entonces, el hombre ya estaba en casa y había puesto la caracola encima de un mueble. Cuando el cangrejo se asomó, descubrió con tristeza que no había mar alguno a la vista.
Salió de la caracola y recorrió la casa. No encontró ni rastro del océano. Volvió a entrar en su concha y se quedó allí, con su nostalgia de mar y de salitre, a esperar a que acaso una marea lo lleve de vuelta a su playa donde pueda ver el mar como antes hacía cada mañana.
Y ahí sigue, convencido de que volverá al mar algún día. Porque a veces, cuando también él echa de menos el mar, el hombre se lleva la caracola al oído. Y entonces, en el eco de su oreja, el cangrejo oye durante unos segundos el rumor de la marejada y eso le mantiene viva la esperanza.