Las heridas del territorio
La cartografía acostumbra a revelar sin pudor la historia. Suele ser tan elocuente que un simple vistazo basta para entender el transcurso del tiempo. Un mapa es el corte geológico en la historia de nuestra civilización, con la diferencia de que nuestra acción es menos sutil que la de los hielos y las lluvias, y sus resultados siempre más evidentes.
La cartografía saca a la luz las incongruencias del territorio. Las inconsistencias de un mapa, los fenómenos inexplicables, lo que nos llama la atención a primera vista porque lo sabemos de inmediato extraño y fuera de lugar, todo ello rara vez obedece a un capricho de la naturaleza, sino con frecuencia a uno del hombre. Es el hombre quien marca el territorio con sus desatinos, y es el hombre quien lo resume después en una carta también llena de caprichos y sobresaltos, como un catálogo de sus propias veleidades.
En el mapa de la red ferroviaria rusa no hay otro protagonista que la ruta del transiberiano, ese trazo grueso que atraviesa el territorio como una espina dorsal. Apenas un puñado de otras líneas férreas, si acaso algunos ramales cercanos, y más allá, conforme uno se aparta de ese eje, nada sino el vacío. Por eso al cartógrafo curioso le llamará la atención una de las raras excepciones a esta verdad: el segmento solitario y casi rectilíneo que une Moscú con la remota ciudad de Vorkutá, en el extremo norte del país. Una cicatriz que sube por el oeste y no parece tener sentido, el único tren que se aventura en esos lugares. Una vía muerta de miles de kilómetros.
Vorkutá se fundó en los años treinta, tras el descubrimiento de yacimientos de carbón en los alrededores del río del mismo nombre. La explotación de la mina, al igual que la posterior construcción del tren que la conecta con el resto del mundo, corrió a cargo de los prisioneros del gulag que se estableció allí de manera simultanea a la creación de la ciudad. Se habla mucho de los gulags siberianos, pero no todos los campos de trabajos forzados de la Unión Soviética se encontraban en Siberia; algunos estuvieron en lugares peores. Lugares a los que se llegaba por miles de kilómetros de vía sin retorno.
Durante treinta años, desde 1932 hasta 1962, el gulag de Vorkutá fue uno más de esos hogares forzosos para prisioneros de guerra y disidentes con los que el gobierno soviético colonizó los rincones más inhóspitos de su territorio. Cuando desapareció, la línea férrea siguió en su lugar, pero fueron pocos quienes regresaron por ella. Y de quienes nacieron allí desde entonces, también son escasos los que se aventuran hoy a hacer ese viaje y dejar atrás el norte. El gobierno no facilita la tarea, y la reclusión obligada de otros tiempos no ha dado paso a una libertad completa, sino a una reclusión distinta, más laxa y de límites y barreras menos visibles.
Sobre el mapa, la línea del ferrocarril se intuye ya de una sola dirección; el territorio, visto así, deja claro que hay un sentido en el que es mucho más sencillo atravesarlo.
La historia de este gulag, como la de otros, y como la de tantos lugares así donde el hombre ha representado lo peor de su naturaleza, la cuentan el territorio mismo y quienes tuvieron la mala fortuna de caer allí. Pero aquí es también ese mapa quien da su testimonio, uno distante y sin embargo con los mismos vértigos, y viene a contarnos a su manera esas verdades incómodas.
A veces deberíamos servirnos de un simple mapa para leer el mundo y nuestra propia naturaleza. Nada de libros, nada de historias. Mirar una hoja y preguntarnos el porqué de una mera línea, de la talla de una población, de la ausencia de ciertas piezas.
Las cicatrices que vamos dejando en la geografía son el recordatorio de esas heridas en nosotros mismos que debiéramos tratar de mantener cerradas.