Aislamiento

Parece algo irónico que Rusia, uno de los países donde la historia ha hecho más necesario huir y poner tierra de por medio, sea también uno de los mejor dispuestos para la huida y la desaparición. Extensiones inmensas, áreas poco pobladas y una naturaleza hostil y poco transitable forman el escenario perfecto para el fugitivo y el ermitaño.

En 1936, Karp y Akulina Likov abandonaron su hogar y, junto a sus hijos Savin y Natalia, se desplazaron hasta un lugar a doscientos cincuenta kilómetros del asentamiento más cercano, en mitad de la taiga, llevando consigo poco más que algunos enseres y unas pocas semillas. Los Lykov pertenecían a los denominados «Viejos Creyentes», una corriente fundamentalista dentro de la Iglesia ortodoxa en la que se sigue llevando a cabo la liturgia de la misma manera que en el siglo XVII. No había lugar para su fervor religioso en el contexto de la Unión Soviética de esos tiempos, así que los Lykov, en lugar de abandonar su fe, decidieron abandonar al poder soviético y perderse en mitad del bosque, lejos de toda civilización y gobierno. Vivieron en completo aislamiento durante casi cuarenta años, sin saber nada de cuanto acontecía en el mundo. En ese tiempo, tuvieron otros dos hijos.

En 1978, una expedición científica formada por geólogos encontró su asentamiento. Desconcertados, no acertaban a explicarse cómo aquellas gentes habían llegado hasta allí, y mucho menos que fueran capaces de vivir en esas condiciones.

Los dos hijos menores no habían tenido nunca contacto con persona alguna fuera de la familia, y no era sencillo comunicarse con ellos. Hablaban una mezcla de ruso torpe y eslavo antiguo. Tras décadas aislados, los Lykov no tenían ni siquiera un caldero en el que cocinar. El que llevaron consigo en 1936 había sucumbido a la corrosión y el óxido hacía años, y no tenían manera de procurarse uno nuevo.

El hijo menor, Dmitri, después de haber pasado toda su vida en aquel medio hostil, caminaba descalzo sobre la nieve en pleno invierno. Sin arma alguna con la que cazar, corría detrás de los animales durante días hasta agotarlos, los mataba con sus propias manos y regresaba al cabo de este tiempo cargando sobre sus hombros una pieza de caza mayor. En el camino de vuelta, dormía a la intemperie sobre la nieve.

Entre los Likov y los miembros de aquella expedición que dio con ellos surgió un vínculo que fue haciéndose estrecho con los años. Les hacían visitas, les hablaban del resto del mundo, y en la medida que las creencias religiosas de los Lykov lo permitían, les llevaban algunos víveres y objetos.

Yerofei Sedov, uno de los geólogos de la expedición, sufrió la amputación de una pierna después de no recibir el tratamiento adecuado para la congelación de uno de sus dedos del pie. El médico le recomendó pasar más tiempo al aire libre, y Sedov decidió entonces que se iría a vivir a aquel enclave remoto de los Lykov. A la soledad de lo salvaje se puede llegar sin necesidad de huir de nada, ni siquiera de uno mismo. Para entonces, de la familia solo quedaba viva la menor de las hijas, Agafia. Ella y Sedov fueron vecinos durante dieciocho años, la casa de uno a apenas un centenar de metros de la del otro.

Cuando Sedov murió, Agafia volvió a quedarse sola en mitad del bosque, donde todavía hoy vive de la misma manera que en aquellos tiempos en que tenía consigo al resto de su familia. Rechaza todas las propuestas de instalarse en algún pueblo o ciudad, donde su vida sería mucho más sencilla.

Retirarse lejos de la civilización y el mundo tampoco ha de ser necesariamente arduo, incluso si el territorio y el clima son hostiles. Y no hace falta persecución alguna para emprender ese viaje. Viacheslav Korotki es meteorólogo. Es lo que se conoce como Poliarnik: un experto en el clima polar. Se encarga de tomar medidas en la estación de Jodovarija, enclave del que él es el único habitante. El lugar habitado más cercano está a un par de horas en helicóptero.

La fotógrafa Evgenia Arbugaeva supo de Korotki y de su aislamiento, y fue a Jodovarija para hacerle un reportaje fotográfico. Con la escasa información que tenía, sin conocer más que la soledad de aquel hombre en mitad de la nada, esperaba encontrarse a un ser huraño, huidizo, tal vez marginado o inadaptado. Sin embargo, descubrió a una persona corriente, tranquila, que parecía vivir feliz en ese rincón remoto, pero sin que fuera ningún drama o problema lo que le había llevado hasta allí. Korotki tenía buen temple y una actitud cercana, no era un salvaje ni un misántropo.

Las fotografías de Arbugaeva, no obstante, recogen bien el aislamiento del científico, son sombrías y están llenas de espacios desiertos, todas ellas con un punto apocalípitico, como si aquel vacío fuera reciente y Korotki no fuera sino el único superviviente de una civilización en otro tiempo más populosa. En ellas, parece caminar como lo haría una persona cualquiera en un lugar menos inhóspito, rodeado de otros semejantes, sin sentir esa ausencia a su alrededor.

No se trata de un asceta, tampoco de un alguien que rehuye el contacto con sus semejantes. Confiesa que se siente incómodo en las ciudades, pero aún así va a ellas alguna vez, sobre todo a Arjangelsk, donde vive su mujer. Porque sí, Viacheslav Korotki es un hombre casado, y el suyo un matrimonio en teoría saludable que habrá quien juzgue superficial, extraño, pudiera ser que incluso egoísta por su parte, y quien lo entienda como un vínculo profundo, vivo a pesar de esas circunstancias, más humano que muchos otros más ortodoxos. Cuando uno se acerca tanto a la soledad absoluta, las relaciones humanas tienen esta clase de incongruencias y significados imprecisos.

También tenía pareja el explorador y escritor Sylvain Tesson, pero aquella relación no sobrevivió a los seis meses que pasó aislado en una cabaña en mitad de Siberia con la única compañía de leña, vodka y literatura. Lo narra en su libro La vida simple, el recuento de esa epopeya de soledad a la búsqueda de sí mismo. Tesson ya había recorrido Rusia en varias ocasiones, conocía la cultura y el país, pero le faltaba estar allí sin ser parte de ello, solo de sí mismo y su entorno más cercano, lejos de todo.

Al final de esos seis meses, regresó a casa y escribió este libro, y al poco se embarcó en una nueva aventura con la que crear después otro título. Esa es su vida, una extraña suerte de soledad nómada, no menos profunda que la de ese medio año en mitad de la taiga.

Tras recorrer medio mundo y escribir un buen puñado de libros sobre sus aventuras en confines remotos, la última obra de Tesson, Sur les chemins noirs, es menos ambiciosa y exótica: un simple recorrido a pie por Francia, su país de origen. Lo abre reflexionando sobre el significado de esos viajes lejanos, y sobre lo fácil que es buscar algo en la distancia cuando quizás sea más sencillo encontrarlo sin alejarse demasiado. Es un canto a su propia tierra, como si se sintiera culpable de haber buscado en otros lugares el sustento emocional que necesitaba, teniéndolo por igual a la puerta de casa. Y en ese caminar por las sendas umbrosas de su país, busca también el silencio, el aislamiento, la lejanía de la sociedad y los hombres.

Lo encuentra. Y tal vez ni siquiera hubiera sido necesario moverse por esos caminos secundarios, porque para estar a solas no hace falta perderse ni escaparse al último recodo del mundo. La soledad la podemos encontrar a la vuelta de la esquina, en nuestro propio rincón de cada día, aislados sin importar dónde quede el resto. Nada que temer, siempre que sepamos y podamos salir de ello.

Lo escribía John Fowles: «Las mayores distancias nunca son geográficas».

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