Rita
—¿De dónde vienes, hijo? —le pregunta la mujer al extraño, una vez que se convence de que no es peligroso.
Según contaría después, la sonrisa que vio a través del cristal de la escafandra naranja le pareció lo suficientemente sincera como para olvidar la inquietud que le causaba su atuendo.
El hombre le explica que viene de una nave, pero ella no parece entender: no hay allí ríos ni mares por los que navegar.
—Una nave espacial —le aclara él.
Ella le ayuda a quitarse el casco y le da de beber un poco de leche que lleva consigo.
Ahora que parecen entenderse, la mujer no puede vencer su curiosidad y le pregunta dónde está esa nave y si podría enseñársela a ella y a su nieta, con quien había salido esa mañana a sembrar patatas sin imaginar que recibiría una visita así. Él acepta y las acompaña al lugar donde ha quedado la cápsula, a la que la abuela se asoma con asombro.
—¿Dónde puedo encontrar un teléfono? —pregunta entonces Yuri Gagarin.
Anijaiat Tajtarova y su nieta Rumiya se convierten así en las primeras personas que ven al pionero de la cosmonáutica tras su vuelo triunfal por las estrellas.
Quizás porque no le resulta familiar, Gagarin malentiende el nombre de la pequeña.
—Hola, Rita —le dice cuando la niña se presenta.
Ni ella ni la abuela le corrigen.
Anijaiat y su nieta no volvieron a ver a Gagarin, pero siguieron en contacto con él después de aquello. Desde ese día y hasta su muerte, él les envió regularmente regalos y cartas, y las mencionaría en buen número de las celebraciones posteriores relacionadas con su gesta.
Ellas, por su parte, convertirían el 12 de abril en la fecha más señalada de sus calendarios. Todavía hoy la familia conserva la tradición de felicitarse entre ellos al llegar ese día, y con rigor de ritual pagano plantan todos los abriles patatas en la misma parcela cerca de donde Gagarin aterrizó cincuenta años atrás.
La historia está hecha de grandes estrellas y planos deslumbrantes, pero su tramoya la mueven personajes menores para quienes ese papel no tiene apenas peso ni fatiga. Y es en ese rincón confortable de la inmortalidad donde mejor se saborea ser parte de la biografía del mundo.
El cosmonauta ruso Vladimir Dzhanibekov, aficionado a la pintura tras dejar atrás sus años de carrera espacial, pintó el momento en un cuadro titulado Encuentro de dos mundos. Conocía por terceros la historia, pero no así a sus protagonistas.
Dzhanibekov y Rumiya se vieron por primera vez en 2011 en un evento académico al que ambos habían sido invitados. En el pasaporte de ella seguía apareciendo ese nombre, Rumiya, pero desde aquella lejana tarde de abril, solía pedir que no la llamaran de esa manera, sino Rita.
—Me lo puso Yuri Gagarin —le explicó orgullosa.