De pudores y creaciones
Para que el futuro sea el hogar de los orgullos, el pasado ha de convertirse en la morada de la vergüenza. Queremos ser mejores mañana, alcanzar nuestro mejor yo conforme vamos creciendo, pero si con idéntica lógica deshacemos el camino hacia aquel que fuimos, el viaje no trae más que fantasmas. Seremos mejores en el futuro, pero éramos mucho más torpes en el ayer. El perfeccionismo trae inevitablemente la vergüenza.
Todo creador, salvo si no evoluciona en su desempeño, va dejando tras de sí un rastro de insuficiencia. Y hay siempre un límite hasta el que uno puede remontarse, más allá del cual esa insuficiencia se convierte en horror y arrepentimiento.
Hay quien termina una obra y no vuelve más a ella, solo continua su trabajo en otra distinta, y la primera entonces se le hace ajena, incapaz de traerle ni orgullo ni deshonra. Pero para la mayoría, lo habitual es revisitar de cuando en cuando sus creaciones, bien sea con afán de enmienda o mera curiosidad, y si ese tiempo ha pasado en demasía, el reflote no suele ser agradable.
Célebre es la manera en la que Juan Ramón Jiménez renegaba de sus dos primeros poemarios, Ninfeas y Almas de violeta. A sus amistades les tenía encargada la tarea de comprar para él cuantos ejemplares encontraran a la venta, que él mismo se encargaba luego de destruir una vez que los recibía. Y esos mismos amigos, si tenían en sus propias bibliotecas alguno de aquellos, procuraban esconderlo cuando les visitaba el poeta, a sabiendas de que acostumbraba a robarlos si tenía ocasión, para poder después echarlos al fuego.
La vergüenza ante el desempeño pasado no es exclusiva del arte. Cualquier forma de creación la trae consigo. La sufren el escritor, el músico, el pintor, pero también el arquitecto con sus construcciones, el científico con sus métodos, el programador con el código que da forma a sus programas. Para todos ellos, hacer retrospectiva es encontrar una vieja patria poblada por malas versiones de sí mismos. Y una vez que sus creaciones se abren al público, de una forma u otra, a todos les resulta imposible deshacerse de sus propias huellas.
Crear es aprender a convivir con esta circunstancia. Quizás no haya aprendizaje colateral más valioso en el ejercicio de la creatividad que este de ser consciente de las faltas cometidas y las limitaciones de uno mismo, el aprender a asumirlas con humor y resignación, y también el esforzarse en enmendarlas o al menos ocultarlas por mero recato. En otras áreas de la vida, vendría bien practicar igualmente esta clase de recelo ante nuestras viejas obras.
En política, por ejemplo, raro es aquel a quien parecen incomodarle sus antiguas carencias. No deja de ser curioso, siendo que hay pocas labores en las que la experiencia le haga a uno avanzar tanto y distanciarse tan aprisa de su yo anterior. Un poco de ese pudor que aqueja a los creadores sería de agradecer en estos terrenos.
No habiendo en este caso fuego en el que redimir los errores de la inexperiencia, admitir que lo hecho en el pasado es imperfecto sea acaso la mejor forma de honor que le queda a un político.