Je suis Charlie
Escribía Celaya aquello de «la poesía es un arma cargada de futuro», pero yo nunca me lo creí. Incluso en los tiempos en que leía y escribía poesía más que hoy día, estuve siempre convencido de que los versos no servían para combatir otra cosa más que las nostalgias de uno mismo. Y el de poeta nunca me pareció un oficio arriesgado ni valiente.
En aquel entonces leía a los poetas sociales, a los bardos comprometidos con las revoluciones y las protestas, y me emocionaba, pese a las distancias del tiempo y la geografía, con sus arengas y sus proclamas. Pero aun así, no podía evitar que, en el fondo, esa particular lucha poética me pareciera casi una frivolidad en esos contextos donde la gente perdía sus derechos, sus dignidades o incluso su vida. Porque pensaba que, en última instancia, toda lucha se gana en la calle o en el frente de batalla, no en un poema. Y yo, que nunca tuve gallardía alguna y serviría de muy poco en una contienda, pero que aun así escribía versos, creía por ello que el poeta era en realidad un luchador aburguesado y cobarde.
Admiraba, si acaso, la entrega de los poetas que fueron a la vez soldados, esos que luchaban sin lírica alguna y sólo después de la refriega se refugiaban en la quebradiza trinchera de las palabras para componer sus versos y hacernos llegar lo inhumano de la guerra. Aquellos para quienes la poesía no era un arma, sino un consuelo que les ayudaba a después batirse con el alma más tranquila. Como escribió Owen durante la I Guerra Mundial: «Sobre todo no estoy preocupado por la poesía. Me ocupo de la guerra, y de la pena de la guerra. La poesía está en la pena». Lo de pensar que un verso pudiera esgrimirse contra un enemigo siempre me pareció demasiado pretencioso.
Pensaba esto de la poesía y de los poetas, pero también de otros escritores, y de los cantautores, y, por supuesto, de los dibujantes, porque no tengo ninguna destreza para el dibujo ni lo he practicado nunca, y cuando a uno algo no le resulta necesario, ese algo le parece siempre más inútil.
Pero la poesía es un arma, no hay duda, como lo son también las canciones y, sin duda, las viñetas. Y los poetas, los cantautores y los dibujantes, como todo aquel que empuña un arma, asumen un riesgo y no siempre hacen labor de retaguardia. Tal vez no fueran esos poetas a los que yo leía, sino yo mismo, que me atreví a juzgarles desde este tiempo mío en que la poesía es un pasatiempo sin peligro, el que debiera ser acusado de burgués y cobarde.
El arte en sí es un arma cargada de futuro. Porque el arte no es sino una manera de comunicarse, y crearlo es el mejor ejemplo de aquello que nos hace humanos: la necesidad de expresarnos libremente para que otros nos interpreten. Una necesidad que, en opinión de algunos, y aún a estas alturas de la historia, parece ser un acto de lesa conducta.
Diría que no sólo son un arma los versos reivindicativos o las canciones de protesta o las viñetas satíricas, sino también aquellas creaciones que no golpean sobre ninguna tiranía ni soliviantan a nadie. Porque no hay mejor arma que crear, que imaginar, que componer. Y porque tal vez los poemas de amor o las melodías hermosas o las ilustraciones inocentes no combatan a ningún enemigo, pero nos enseñan la lección valiosa del respeto, una alternativa mucho más veraz y humana que la del odio y la barbarie.