Eureka

Sabido es que Arquímedes descubrió el principio que lleva su nombre al sumergirse en una tina para darse un baño y ver cómo su cuerpo hacía desbordarse el agua de aquella. En un instante, comprendió el fundamento de la hidrostática y encontró con ello la solución al problema que le había sido planteado.

Tampoco tardó mucho Newton, según se cuenta, en entender el mecanismo de la gravitación. Bastó aquella providencial manzana para iluminarle el camino y que las verdades de la física le fueran reveladas de inmediato.

La historia de la ciencia está llena de sucesos así, quizás con una cierta exageración en el relato, por aquello de que un poco de teatro y épica sientan bien a toda proeza. Sucesos en los que un descubrimiento es cuestión de un instante mágico, una idea feliz, un rapto de creatividad que viene a dar al pensador la materia que necesita para formular su hipótesis.

También en el arte gustamos de contar los avances de esta manera. En el folclore de la creación artística no faltan génesis repentinas, ni creadores que elaboran sus obras maestras bajo el supuesto influjo de destellos inspiradores. Y en la propia literatura, cuántas veces no habremos encontrado ese ardid clásico en el que el detective, mientras se entretiene en otros asuntos, ve de pronto la luz e hilvana en su cabeza todos los detalles que le descubren quién es el asesino.

Lo cierto, sin embargo, es que ni la ciencia ni el arte son cosa de arrebatos inescrutables. Las más de las veces, la genialidad no es cuestión de un fogonazo de entendimiento, sino de tesón, voluntad, y capacidad de mantener una cierta lucidez durante horas de trabajo. La mayoría de científicos y creadores no sabrían decir en qué momento se les ocurrió la idea de aquello que pergeñan, bien por no haber sido conscientes de ello, o más bien porque no existe tal momento.

Tanto nos gusta esta exégesis del conocimiento que incluso queremos que así operen quienes nos gobiernan. Ya no nos sirven el trabajo y la dedicación, sino que hay quien pide decisiones clarividentes. Que se gobierne a golpe de gloriosas visiones, como si bastara echar un vistazo a un puñado de cifras y mapas, perder la mirada al infinito y esperar a que las musas hagan el resto.

Le pedimos a quienes gestionan la complejidad de toda una sociedad el ser capaces de prever situaciones inauditas, o de al menos encontrar recetas infalibles para solventarlas. No queremos análisis e iniciativa, sino soluciones reveladas de forma casi sobrenatural. Los lideres que exigimos no son trabajadores meticulosos, sino místicos visionarios.

La idea de adaptar nuestros planteamientos al devenir de la situación y lo que de ella sabemos, de trabajar el día a día con nuestra mejor capacidad de tanteo (por otra parte, la más científica de las metodologías), nos parece criticable, y pobre de aquel que pretenda guiarnos sin haber sido tocado por alguna manzana redentora que lo ilumine.

Sería más sano confiar en el esfuerzo y la entrega, y criticar acaso la falta de estos valores, sacar a la luz los errores y los descuidos, o castigar las equivocaciones intencionadas, que por desgracia también abundan. Y que no haga falta salir apresurado de una bañera gritando «¡Eureka!», sino que cada cual pueda disfrutar de un baño tranquilo al final de su día de trabajo.

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