Por el nombre

Mi hija parece haber heredado mi gusto por la toponimia, esa suerte de poesía que encontramos quienes leemos los mapas buscando a partes iguales geografía y literatura. En lugar de ejercitar su querencia en un grueso atlas como el que yo tenía de niño, y en cuyas páginas finales venían listados un sinnúmero de topónimos, ella se sienta frente al ordenador portatil y busca en una web de cartografía palabras que le resultan graciosas, por ver si hay quien se haya servido de ellas para nombrar el territorio. La mía era una búsqueda de exploración, un vagar por la enormidad de un índice a la espera de descubrir en él algo valioso; la suya es más dirigida, le basta definir lo que le interesa y luego tan solo verifica que el mundo lo contenga. A fecha de hoy, su rincón favorito del planeta lleva el nombre de "Pepino".

Una vez, en mitad de un viaje, visité una pequeña ciudad tan solo porque me atraía su nombre. Era uno de esos viajes más venturosos de mis años jóvenes, cuando me echaba al mundo con una mochila y una guía de viajes, y sobre la marcha iba improvisando la ruta y el destino. Vi aquel nombre en el mapa, me llamó la atención, y decidí que debía ir hasta ese lugar para ver si la realidad le hacía honor a la toponimia. Suena ridículo, pero a esas edades uno conserva todavía demasiadas convicciones erróneas sobre el acto de viajar.

Me abstuve de buscar más información sobre la ciudad, compré un billete de autobús para hacer el trayecto, y en algo más de tres horas llegué a un lugar donde no parecía haber nada de interés. Mi guía de viaje confirmó que aquella primera impresión era acertada: sus páginas no le dedicaban ni una sola línea.

Deambulé por cada calle y no vi nada que valiera la pena. El único hotel que encontré era caro y ruinoso. Comí en un restaurante insulso sintiendo que debía estar en un lugar distinto y cené en otro igual de descafeinado con la misma sensación.

La experiencia, sin embargo, no me dejó tan mal regusto. Estar donde a uno no le corresponde, llegarse hasta donde no se tiene nada que hacer, puede tener su cierto atractivo. Y como tantas otras lecciones cuando de viajar se trata, esta la aprende uno mucho después, no en la propia visita, sino en la inconsciente rumia posterior de aquellos momentos.

Mientras mi hija juega a buscar topónimos curiosos en el portatil, pienso en hacer lo propio y regresarme a aquella aventura, introducir el nombre que tan llamativo me pareció entonces y verlo de nuevo escrito sobre un mapa como cuando me cautivo por vez primera. Descubro, sin embargo, que no tengo manera de hacerlo. La pasión y la memoria adolecen muchas veces de una irritante falta de sincronía: aunque en otro tiempo fue lo unico de ella que me atrajo, hoy soy incapaz de recordar cómo se llamaba esa ciudad.

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