Lección de flamenco
En aquel entonces yo tenía una amiga que trabajaba algunas tardes como voluntaria en un proyecto de Cruz Roja con niños desfavorecidos. Un día me preguntó si me importaría pasar una de esas tardes y darles a los chavales un concierto. A veces, dijo, hacían esa clase de actividades culturales con ellos, y estas acostumbraban a ser bien recibidas. La idea me gustó.
Un par de semanas después, me planté con mi saxofón y mi guitarra flamenca delante de veinte o treinta muchachos, gitanos casi todos ellos, dispuesto a interpretar frente a aquel público tan poco habitual un popurrí igualmente heterodoxo de canciones. Así, con algo de variedad, pensaba yo, sería más probable que el número acabase convenciéndoles.
Debían estar avisados de la actuación. Al verme llegar, antes siquiera de hacer presentaciones, cogieron cada cual una silla y se dispusieron ordenadamente como quien va a escuchar una lección.
La sala tenía un reproductor de CD, yo lo sabía porque le había preguntado a mi amiga por aquello. Puse uno que había preparado con bases de estándares de jazz, y me arranqué a tocar sobre aquel acompañamiento.
Aplaudieron al final de la primera canción y el aplauso sonó sincero. No eran la clase de público que tiene un gesto así por compromiso. Yo diría que la música no les entusiasmaba especialmente, pero sí el instrumento. Quizás por la sonoridad, bien distinta de cuando uno lo escucha en una grabación, o tal vez solo fuera cuestión de exotismo.
Uno de ellos se levantó y vino a tocar las llaves. No pidió permiso para ello, tan solo se sirvió del instrumento como quiso, y yo le dejé hacer. Otro, envalentonado por el gesto del compañero, siguió sus pasos y también se acercó. Un tercero preguntó si le dejaría soplar. Yo puse una nueva canción en el CD y comencé otra pieza.
Callaban mientras yo tocaba, pero en los descansos hablaban sin parar e insistían ahora todos en que les dejará probar el saxofón. Me había preparado algunas ideas para contarles, para que no fuera simplemente una actuación musical: explicarles de dónde venían esas canciones, cómo era aquello de improvisar, esa clase de cosas, con idea de hacer más ameno el número. Pero solo la música los mantenía tranquilos y atentos, así que me limité a tocar.
Hice cuatro o cinco temas, y entonces me pareció que era el momento de pasar a la guitarra. Ahora el instrumento ya no les llamaba la atención, y en la preparación, al contrario que antes, guardaban silencio y miraban con más desidia que curiosidad. Fue cuando empecé a tocar que se lanzaron a hablar.
—Bah, no tienes ni idea —se apresuró a decir uno.
—Mi padre toca mucho mejor que tú —añadió su compañero.
—Yo conozco a Fulano que te da mil vueltas.
No hubo ni uno solo que se quedara sin hacerme saber su ponderación de mi toque, inevitablemente negativa.
Allí estaba yo, convencido unos minutos antes de mi legitimidad musical, perdiéndola de pronto frente a un puñado de niños irreverentes. Porque las formas no eran las idóneas, pero lo cierto es que no les faltaba razón en cuanto decían: lo más probable era que hubieran escuchado a muchos guitarristas flamencos con mayor talento que yo, y quién si sabe si así, a fuerza de ser testigos de ese buen hacer, comprendían aquel arte mucho mejor que yo aun sin necesidad de practicarlo. Me dije que aquella quizás no había sido la mejor elección de instrumento y forma musical, y qué a quién se le ocurría.
No me atreví a contestar nada, pero mi amiga les amonestó largamente al final de la primera canción. Ante la recriminación, moderaron la critica y se mostraron algo más ecuánimes. Reconocieron que no era tan malo lo que yo hacía, que tocaba bien, que incluso les gustaba, pero que no era mejor que lo que habían oído ya en otro contexto. Y siendo así, qué sentido tenía que yo fuera allí a ofrecérselo, si no era nada novedoso, exótico, o al menos de una excelencia superior a lo que hasta entonces habían encontrado. Venían a decirme que esperaban de mí algo especial, excepcional, ya fuera por ser sublime o simplemente por serles desconocido, y que si no era de esa clase mi espectáculo, mejor ahorrarles el trance. No creo haber tenido nunca una crítica tan honesta.
Toqué algunas canciones más, ahora ya en silencio, sin que tampoco hablaran cuando yo hacía una pausa entre ellas. Me despidieron con un aplauso que me sonó sorprendentemente entusiasta, y salí de allí con tan poca ceremonia como había llegado.
—Tranquilo, que les ha gustado. Te lo digo yo que les conozco —me dijo mi amiga, tratando de minorar el sinsabor de lo ocurrido.
Pero el sinsabor no era tal, porque yo no había ido en busca de confirmación ninguna, sino a hacerles pasar un rato a esos chavales, acaso despertarles alguna inquietud, y en esa misión no creía haber fracasado.
—Seguro que han aprendido algo —insistió.
Llegué a casa y toqué un poco la guitarra, como por recordarme a mí mismo el valor de mi propio quehacer musical.
No sé si aquella tarde esos chicos aprendieron algo de mí. Yo, sin duda, me llevé de ellos una lección importante.