Mi mejor fotografía
Habíamos ido los amigos de viaje en coche, y a mitad de camino paramos a echar gasolina en un lugar sin interés. Era un sitio vulgar, triste. Por registrar el momento, se me ocurrió tomar una fotografía de la carretera por la que veníamos, una estampa a la que ni el artista más capaz sabría sacarle valor alguno. A uno de mis compañeros, un dedicado fotógrafo, le pareció una elección tan ridícula que se acercó enfadado a decirme que por qué hacía aquella fotografía. Eran además los tiempos del carrete y el revelado, cuando un gesto así suponía además consumar un gasto. No supe qué responderle.
Nunca he tenido talento para la fotografía. He asumido hace tiempo que carezco de todo gusto estético y soy incapaz de hacer fotografías atractivas, pero las sigo haciendo de vez en cuando con el único propósito de tomar una nota rápida, como un apunte en el margen de lo vivido. No supe qué responder entonces, pero hoy me justificaría diciendo que el único interés que tengo al hacer una fotografía es ese mismo: dar soporte a la memoria el día de mañana. Y puesto que las más de las veces ese refuerzo no se apoya en la imagen en sí, no tiene que ver con la luz, el encuadre o el contenido, y no es asunto visual sino de contexto, apenas presto atención a lo que fotografío o a la manera en que lo hago, igual que no me esmero en mi caligrafía cuando anoto la lista de la compra.
Hoy me vino la nostalgia y me puse a mirar viejas fotos. Encontré las de aquel viaje y me sorprendí al ver que la mayoría de ellas me parecían extrañas, ajenas. No reconocía los lugares, no era capaz de poner ni un solo nombre. La única imagen que conseguía traerme un recuerdo nítido era la del páramo alrededor de aquella gasolinera. Y desde allí, siguiendo una pista sin demasiada lógica, podía alcanzar con parecida nitidez los recuerdos de otros lugares mucho más hermosos dentro de aquellos días, lugares que no guardé entonces en fotografía alguna, pero que ahora sí puedo encontrar en mi memoria.
Si el valor de aquella instantánea se ha de juzgar por su relevancia estética o por la artesanía que hay en ella, probablemente sea difícil encontrar una fotografía menos valiosa. Pero si ese mismo valor se ha de medir por lo que representa o la capacidad que guarda de evocar el tiempo en que fue disparada, aquella es probablemente una de mis mejores fotografías. Porque su cometido no fue otro que despertar la indignación artística de mi compañero de viaje y procurarme una regañina por mi falta de criterio. Porque su verdadera razón de ser no fue sino granjearme la amonestación de un amigo cercano, un reproche lo suficientemente doloroso como para quedar marcado y dejar un hito fácil de identificar dentro de aquellos días de viaje.
El objetivo de toda creación no es sino jalonar de señales nuestra historia. Lo creado es un marcapáginas que nos permite recuperar con mayor acierto posiciones antiguas donde dejamos parado algún relato, una regla mnemotécnica de la que nos servimos para persistir en el recuerdo un saber fugaz que quiere escaparse y que conviene retener.
Si se tiene la destreza necesaria, ese marcapáginas alcanza a servir para que otros refloten sus ayeres aun si nada saben de nuestra circunstancia; la evocación de la que son capaces sucede de igual modo sin el concurso de nuestro bagaje. Creaciones así son más escasas y pertenecen a esa esquiva categoría que denominamos arte.