Lenguas ajenas
La historia de la literatura está llena de migraciones, igual que las migraciones suelen estar llenas de literatura y, por tanto, de lenguas. «Mi patria es mi lengua», escribía Pessoa, y para quien acaba de dejar su tierra y todavía no se sabe parte de allá donde llega, la del idioma ha de ser la única patria posible, la única pertenencia en la que encontrar una identidad que compartir con otros. Si quien emigra tiene propensión a escribir sus ideas y hacer de su vida literatura, que la lengua se haga nación es algo inevitable.
Pero la lengua puede convertirse también en un amigo indeseado si es que uno no tiene con quien hablarla, más aún si es en ella que además escribe, y el idioma es entonces el recordatorio más hostil de que uno está lejos y de que el hogar de hoy día no acaba de procurarle todo el cobijo necesario.
Blagoj Todorov nació en 1880 en la ciudad macedonia de Negotino. Su madre murió cuando él era aún un niño, y a la muerte de su padre, cuando Todorov contaba 25 años, sin familia ni responsabilidades pero con una pequeña herencia, decidió lanzarse a ver mundo. Deambuló por media Europa, pasó de Francia a Inglaterra, y una vez allí partió hacia Nueva York desde el puerto de Southampton.
Recorrió Norteamérica y Centroamérica, entró en Argentina, y habría continuado mucho más al sur de no haber encontrado a Lucía Ripelli, una muchacha algo menor que él que habría de convertirse en el amor de su vida. A esas alturas de su viaje, Todorov, de espíritu inquieto y con talento para aprender cosas nuevas, sabía ya el suficiente español como para encandilar a Lucía e instalarse con ella en el rural argentino y llevar una vida normal. Lucía y él se casaron medio año después de aquel encuentro.
La dicha, sin embargo, no le duró mucho al recién casado. Tres años después de su boda, Lucía murió de tuberculosis y él se quedó tan solo y fuera de lugar como lo estaba cuando había llegado hasta allí. El afán viajero, no obstante, se le había esfumado, y quizás porque aquel lugar era lo único que le quedaba de su mujer, decidió quedarse allí hasta el fin de sus días.
Todorov nunca echó de menos la tierra de la que venía, y no hay en ninguno de sus textos referencia a ella, al menos ninguna que incluya nostalgia. No volvió a casarse, pero a pesar de su tragedia sentimental, fue un inmigrante feliz y bien integrado que nunca pensó regresar a su patria. De sus libros se deduce sin mucha dificultad que amó esa vida argentina, sus gentes y sus verdades, tanto o más que los años en Negotino, e incluso que se sintió más argentino que macedonio una buena parte de su vida. Su única congoja, con los años, se la trajeron la lengua y la literatura en forma de melancolía, cuando empezó a pesarle demasiado el tener que vivir rodeado de un idioma que apreciaba y hablaba con soltura, pero que nunca pudo sentir como suyo.
Todorov se dio a la escritura tarde, años después de la muerte de su mujer, aunque ella, o al menos los efectos colaterales de la ausencia, estuvo siempre como protagonista de sus letras. Empezó a escribir un diario inconexo, algo caótico, y acabó ensamblando extractos de este en una novela, La vanguardia del olvido, que arranca en elegía y se va convirtiendo en un recuento pausado de una vida, la suya, que poco a poco perdía el rigor del luto y era en realidad de lo más amable.
A esa primera novela le siguieron otras menos sombrías, todas ellas costumbristas y autobiográficas, y nunca abandonó los diarios. Todo esto, por supuesto, escrito en macedonio, porque nunca se sintió capaz de hacerlo en su lengua de adopción, y le dedicó a esta circunstancia, con evidente frustración, no pocas de sus páginas.
Los últimos años de sus diarios están cuajados de notas como la siguiente:
Acabo de volver de comprar el pan. El panadero me ha dicho que yo era el primer cliente del día, y como no había nadie más, nos hemos quedado charlando. Tiene una pronunciación muy delicada, a los viejos se nos va puliendo la voz de una forma a veces muy musical. Es triste venirlo a escribir ahora en este idioma mío y darme cuenta de que apenas sé ya cómo suena esta lengua en mi propia voz, menos aún en la de otros, y de que vivo en el engaño de figurarme mi habla como era antes, todavía viva, joven y llena de ritmo.
Todorov sentía orgullo por su propia lengua, pero deseaba a veces que esta no fuera el macedonio, sino el español, que juzgaba mejor para su tarea de escritor y su afán de cantarle a la tierra en la que ahora vivía y quería seguir viviendo.
Después de un paseo por el campo y de una tarde en casa de un amigo, Todorov describe en una decena de páginas lo agradable de este episodio y anota al final:
Me gustaría poder contar esto en el idioma en el que escucho hablar a mis amigos, en la sonoridad y las voces que son las de este país y sus gentes. No sirve esta lengua mía para recoger todos los matices de esta tierra; no están hechas la una para la otra, hay entre ellas una distancia emocional demasiado grande. A veces al escribir tengo la sensación de no estar llegando así a la verdad de lo que cuento.
[...]
Y si pudiera escribirlo como se merece, ¿de qué serviría si nadie aquí puede entenderlo? ¿No es acaso ridículo contar la verdad de este lugar en un idioma que solo entienden quienes nada saben de estos rincones, quienes nada sienten de lo que aquí sucede? A mí me gustaría escribir para los que viven aquí conmigo, aquellos que entienden este rincón como yo lo hago, pero entonces dejaría de escribirlo para mí mismo, porque he llegado tarde a su idioma y solo tengo este mío.
Cuando recuerda la muerte de su mujer, recala sobre todo en la impotencia, esa que se siente siempre ante la muerte, solo que la suya arrastraba además la frustración del idioma.
Quería hablar con alguien. Más que eso, quería gritar lo que sentía. Tenía dos idiomas en que hacerlo, pero ninguno me servía: uno era como pedir auxilio con la voz afónica; el otro, como hacerlo en el desierto.
Los diarios y novelas de Todorov no se publicaron, ni él hizo nunca intento de ello, pero acabaron llegando a esos compatriotas de adopción que él nunca pudo imaginar como lectores, aunque cuando esto sucedió él ya no estaba allí para verlo. A su muerte, con poco más de cincuenta años, sus pertenencias fueron a parar a Matías Ripelli, el menor de los hermanos de Lucía, que fue el único de la familia que no abandonó la región, y en quien Todorov tuvo siempre a su amigo más cercano.
El pequeño de los Ripelli sabía poco de literatura y menos aún si esta estaba escrita en macedonio, pero los cientos de páginas que su difunto cuñado le había legado le despertaron la curiosidad. Esto, y que andaba holgado de dinero después de haber conseguido levantar un pequeño emporio local de transportes, bastó para que mandara traducir uno de los cuadernos de Todorov. En realidad, el capricho de la traducción le llevó algo más de un año y no poco dinero, no por la traducción en sí, sino por la evidente complejidad de contactar con alguien capaz de hacerlo, y por gestionarlo todo desde su propia casa, a base de llamadas telefónicas y cartas a diversos lugares de Europa, porque Matias Ripelli era hombre de su pueblo y no había puesto nunca un pie más allá de su comarca ni tenía intención de hacerlo.
Precisamente por esto, por ser tan de aquel lugar y haber destilado en él sus afectos y pertenencias, los textos traducidos de Todorov impactaron a Ripelli, que nunca antes había encontrado palabras tan acertadas para invocar esos afectos suyos por su tierra, no ya por la poca afición que tenía hacia los libros, sino porque la literatura del lugar era más bien pobre. Mandó traducir todo lo restante y, sin ningún criterio, publicó todas las obras costeando él mismo unas tiradas excesivas que, sin embargo, acabaron agotándose. Al parecer, todo el mundo en los alrededores andaba deseoso de encontrar un poeta que le supiera cantar a aquellas tierras con la lírica y el acierto de Todorov.
Algunos años después de aquello, una editorial nacional se interesó por los libros de Todorov y publicó el volumen central de sus diarios. Se hizo una nueva traducción, mejorando las deficiencias de la anterior, que al parecer no era todo lo literaria que debiera ser. Algo entendible, por otra parte.
El libro tuvo una suerte dispar y se vendió en general mal fuera de su región de origen, pero volvió a poner de actualidad la figura de Todorov en los pequeños alrededores de aquella tierra suya. Y Matias Ripelli, como amigo, descubridor y valedor del escritor, tuvo su minuto de protagonismo cuando apareció en una breve entrevista en un periódico local hablando acerca de esa nueva edición del libro. En una de las preguntas de la entrevista se le preguntaba por esa nueva traducción, sobre si él la encontraba mejor que la que en su día mandó hacer. Y era entonces cuando Ripelli, demostrando que había entendido mejor que nadie la historia de Todorov, le hacía a su viejo amigo el más veraz de los homenajes y respondía diciendo: «No sé si es mejor o peor, pero yo no las llamaría traducciones. Lo que yo publiqué y lo que se publica ahora es el libro en su idioma original, en el que Blagoj siempre quiso escribirlo».